- Los beneficios empresariales europeos muestran mejoras moderadas, impulsados por energía y finanzas, en un contexto de ingresos contenidos y riesgos geopolíticos elevados.
- Una mayor integración de la UE en mercado único, transición verde, digitalización y unión económica podría añadir billones de euros al PIB europeo.
- El mercado único y el sello Made in Europe aportan ventajas claras en calidad, RSC, financiación e innovación para empresas y consumidores.
- España presenta una rentabilidad empresarial inferior a la media europea, mientras las pymes y los beneficios sociales para empleados son clave para reforzar competitividad y atraer talento.
El pulso de la economía del continente se mide, en buena parte, a través de los beneficios de las empresas europeas, de cómo evolucionan sus resultados y de qué condiciones pone la Unión Europea para que negocios y ciudadanos prosperen. En los últimos años, la foto es compleja: algunos sectores baten expectativas, otros sufren por la debilidad de la demanda y los costes, mientras la UE impulsa grandes transformaciones verde y digital que pueden mover billones de euros de PIB si se gestionan bien.
Al mismo tiempo, la pertenencia al mercado único y la etiqueta “Made in Europe” ofrecen ventajas competitivas claras tanto a compañías como a consumidores: libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas, normas comunes de calidad y seguridad, grandes programas de financiación e innovación y un marco regulatorio que, aunque exigente, aporta estabilidad. En este contexto, también se analizan casos particulares como España, donde la rentabilidad empresarial se queda rezagada frente a la media europea y de la OCDE, y el papel crucial de las pymes y de los beneficios sociales para cuidar el talento.
Situación actual de los beneficios empresariales en Europa
Las últimas proyecciones de LSEG I/B/E/S apuntan a una ligera mejora en las ganancias corporativas europeas, aunque el panorama sigue siendo frágil y muy dependiente de la evolución geopolítica, especialmente en Oriente Próximo. Para el primer trimestre, se espera que las empresas europeas de primer nivel, excluyendo a las grandes energéticas, registren un incremento medio de beneficios cercano al 0,4 %, algo por encima del 0,3 % previsto apenas una semana antes, lo que refleja ajustes al alza, pero muy moderados.
Esta pequeña mejora en el resultado neto contrasta con la previsión sobre ventas: se estima que los ingresos de las grandes compañías no energéticas caigan alrededor de un 0,9 %. Que los beneficios suban mientras facturan menos sugiere que las empresas están apretando al máximo las palancas de eficiencia, reducción de costes y reestructuraciones internas para proteger márgenes en un entorno todavía complicado.
Si se amplía el foco al índice STOXX 600, la referencia de la renta variable europea, las estimaciones apuntan a que el beneficio agregado de sus integrantes crecería cerca de un 3,2 %. Sin embargo, esta cifra está distorsionada por el enorme peso del sector energético, para el que se pronostica un salto de alrededor del 27 % en su resultado, impulsado por el encarecimiento del crudo ligado al conflicto en Oriente Próximo y a las tensiones en rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz.
Antes de que estallara la guerra, las expectativas eran muy distintas: a finales de febrero se preveía que los beneficios de las grandes energéticas europeas cayeran cerca de un 2 % en el primer trimestre. El cambio de guion en los precios del petróleo, con los futuros cotizando aproximadamente un 45 % por encima de los niveles previos al conflicto, ha dado la vuelta al escenario, mostrando hasta qué punto el sector depende de factores geopolíticos y de oferta global de energía.
En el lado contrario, hay áreas que lo están pasando francamente mal. Las previsiones de I/B/E/S contemplan que los beneficios de las empresas inmobiliarias y de servicios públicos se reduzcan en torno a un 15,4 % y un 13,6 %, respectivamente. Tipos de interés más altos, costes de financiación crecientes, inversiones intensivas en capital y cambios regulatorios presionan las cuentas de resultados de estos sectores, considerados tradicionalmente defensivos.
Los inversores están muy pendientes de la oleada de resultados de más de 80 compañías europeas en una sola semana, ya que estos datos sirven para calibrar cómo ven las empresas el resto del año. Además, casos concretos de grandes grupos de consumo y lujo ayudan a tomar el pulso a la economía real y al impacto de la incertidumbre internacional.
Un ejemplo positivo es Nestlé, que recientemente ha superado las previsiones de ventas en el primer trimestre y ha mantenido sus objetivos anuales. La multinacional suiza ha señalado que, hasta la fecha, el impacto directo de la guerra en Oriente Próximo sobre su negocio global es “muy limitado”, lo que transmite cierta resiliencia en el consumo de productos básicos a nivel mundial.
En cambio, grandes cadenas de distribución como Sainsbury’s, uno de los principales supermercados del Reino Unido, han lanzado mensajes de cautela: la compañía ha advertido de que la incertidumbre ensombrece sus perspectivas y puede pesar sobre sus beneficios en el ejercicio, en línea con las preocupaciones ya expresadas por Tesco, líder del mercado británico. Esto evidencia que, en el comercio minorista, la presión sobre márgenes y el comportamiento del consumidor siguen generando dudas.
En el segmento del lujo, el consejero delegado de LVMH, Bernard Arnault, ha señalado que el grupo podría retomar un ritmo de crecimiento más sólido si el conflicto en Oriente Próximo se resolviese pronto. Sin embargo, también ha advertido de que, si la situación derivase en una “catástrofe global”, el desenlace sería totalmente imprevisible. Este tipo de mensajes muestran hasta qué punto las grandes corporaciones europeas son sensibles a los riesgos geopolíticos y a los cambios súbitos en el sentimiento del consumidor de alto poder adquisitivo.
Perspectivas de beneficios por acción (BPA) y el papel del sector financiero
Los informes de grandes bancos y gestoras internacionales apuntan a que el crecimiento del beneficio por acción (BPA) en Europa para el tercer trimestre se ha vuelto negativo, lastrado sobre todo por el sector del automóvil, muy expuesto a la demanda global y a los vaivenes de tipos de cambio. Aun así, los resultados se han situado por encima de lo que anticipaba el consenso de analistas, gracias al empuje del sector financiero.
Según Bank of America, las entidades bancarias y otras empresas de servicios financieros han sido las principales responsables de que las estimaciones agregadas de BPA para el trimestre mejoren, a pesar de que el consenso sigue contemplando un crecimiento negativo para el cierre del año. El entorno de tipos relativamente elevados, una mejor gestión de costes, unos ingresos por comisiones más robustos y menores provisiones de lo esperado han dado aire a los balances bancarios.
Los datos de casas como Rothschild & Co señalan que para 2025 el crecimiento del BPA en Europa podría situarse en torno a cifras prácticamente planas, mientras que para 2026 se anticipa un rebote más marcado, cercano al 12,4 %. De forma similar, Allianz Global Investors estima que, pese a que los analistas han recortado de media alrededor de un 7 % sus previsiones de BPA para este año, aún se espera un crecimiento modesto en 2025 (aproximadamente un 2 %) y un avance más notable también en torno al 12 % en 2026.
La parte más floja llega de sectores como la automoción y determinados exportadores europeos, muy afectados por una moneda relativamente fuerte y por la reducción de pedidos desde otros mercados. Medios especializados han destacado que la combinación de un euro más apreciado y una demanda externa menos dinámica está frenando de forma clara los beneficios de buena parte de la industria europea orientada a la exportación. En este punto, los retos del comercio internacional y la adaptación de las cadenas de suministro son determinantes: exportadores europeos y fabricantes deben ajustar sus estrategias.
En contraste, los bancos de la región han mostrado una fortaleza relativa. Un ejemplo es ING Groep, que comunicó recientemente un descenso interanual del 5 % en su beneficio, pero aun así consiguió superar las estimaciones del mercado y anunció una recompra de acciones por valor de 1.100 millones de euros. Este tipo de movimientos reflejan que, aun en un entorno de crecimiento discreto, el sistema financiero europeo mantiene una capacidad notable para generar caja y retribuir al accionista.
Otro aspecto relevante es la llamada “amplitud” de las sorpresas de beneficios: aunque el porcentaje de compañías que baten las previsiones ha mejorado, el grado de superación sigue por debajo de la media histórica. Es decir, hay más empresas anunciando resultados mejores de lo esperado, pero el margen por el que lo hacen es más estrecho. Además, las compañías más centradas en el mercado doméstico europeo y los valores defensivos muestran un comportamiento especialmente débil, lo que obliga a los inversores a ser muy selectivos.
En este contexto, los márgenes de beneficio continúan presionados en aquellas empresas que dependen en gran medida del consumo interno o de sectores como el automóvil y bienes duraderos. Para que la renta variable europea mejore de forma sostenida, no bastará con confiar en un fuerte crecimiento de los beneficios a corto plazo: las valoraciones relativas, el flujo de capital internacional y las historias de transformación estructural serán claves.
De cara a la inversión, toma fuerza la idea de centrarse en empresas que ya han ajustado su estructura, cuentan con exposición internacional relevante y pueden beneficiarse de tendencias de largo plazo, como la relocalización de cadenas de suministro, los planes públicos de inversión, la digitalización, la transición energética o la integración financiera europea.
Beneficios macroeconómicos de una mayor integración europea
Más allá de los resultados trimestrales, un informe del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo (EPRS) pone cifras a lo que podría suponer profundizar en la integración de la Unión Europea. Según sus cálculos, una batería de medidas políticas concretas podría generar más de 2,8 billones de euros adicionales de PIB para la UE en 2032, siempre que se aproveche al máximo el potencial del mercado único y se coordinen bien las grandes transiciones.
En el ámbito del llamado “mercado único clásico” y el espacio único de transporte, el estudio estima que las medidas para reforzar la libre circulación de bienes, servicios, capital y personas, junto con una fiscalidad más simple y justa, podrían aportar al menos 644.000 millones de euros de beneficios económicos para 2032. Estas reformas ayudarían a garantizar una competencia en igualdad de condiciones, aprovechar economías de escala, mejorar el uso de los recursos y profundizar la solidaridad entre Estados miembros.
La transformación verde es otro gran bloque de oportunidades. El informe calcula que, si la UE aborda de manera conjunta y ambiciosa la transición hacia una economía baja en emisiones, podrían sumarse alrededor de 439.500 millones de euros al PIB europeo. Este impulso vendría de regulaciones más coherentes, asignaciones de presupuesto más eficientes y mecanismos para redistribuir los ingresos climáticos hacia los ciudadanos más vulnerables, reduciendo así los impactos sociales negativos de la transición ecológica. En este sentido, la integración de criterios ambientales y financieros es clave: capital natural y finanzas sostenibles juegan un papel decisivo.
En materia de transformación digital, una mayor integración podría añadir unos 384.000 millones de euros al conjunto de la economía europea. Los beneficios procederían de armonizar aún más la normativa sobre comercio electrónico, reforzar la ciberseguridad, mejorar las políticas de apoyo a la digitalización de pymes, proteger mejor los datos personales y reducir al máximo la brecha digital entre regiones y colectivos. Esto permitiría a las empresas escalar más rápido y competir mejor frente a gigantes de otros continentes.
El cuarto pilar analizado es la unión económica y monetaria. Las medidas para profundizar en este terreno, desde una mejor coordinación de la política fiscal hasta el avance en la unión bancaria, podrían generar al menos 321.000 millones de euros adicionales para 2032. El informe menciona la necesidad de completar el sistema europeo de garantía de depósitos, reducir las barreras nacionales a la integración bancaria y fomentar que los bancos diversifiquen geográficamente sus carteras de deuda soberana, además de impulsar la integración de los mercados financieros para compartir mejor los riesgos.
El EPRS también destaca otras posibles actuaciones en campos como el acceso al conocimiento, la educación y la formación, la coordinación en investigación e innovación y la creación de una política sanitaria europea más integrada. Desde programas que favorezcan actitudes más positivas hacia la UE y un mayor atractivo en la carrera global por la competitividad, hasta compras conjuntas de material sanitario y estrategias comunes de prevención, las oportunidades para potenciar la prosperidad y la resiliencia son enormes si los países avanzan juntos.
El mercado único: beneficios para personas y empresas
La UE se asienta sobre su gran motor económico: el mercado único europeo, que permite la libre circulación de mercancías, servicios, personas y capital sin barreras técnicas, legales ni burocráticas en la mayor parte del continente. Esta integración hace que las empresas puedan operar con mucha más facilidad entre países, y que los consumidores se beneficien de más competencia, precios ajustados y una oferta de productos y servicios más amplia.
Para los ciudadanos, una de las ventajas más visibles es la facilidad para desplazarse, vivir, estudiar, trabajar o jubilarse en cualquier país miembro. Cualquier persona con nacionalidad de la UE tiene derecho a recibir el mismo trato que los nacionales del país de acogida en temas de empleo, seguridad social e impuestos, lo que abre la puerta a carreras profesionales verdaderamente europeas y a proyectos de vida transfronterizos.
En el terreno del consumo, el mercado único ha permitido reducir o eliminar aranceles y trabas al comercio interior, lo que se traduce en precios más competitivos y más alternativas. Además, las normas comunes de protección del consumidor garantizan que los europeos tengan los mismos derechos en toda la Unión: desde el periodo de 14 días para devolver compras online hasta garantías mínimas sobre productos defectuosos. Las reglas sobre precios justos también evitan discriminaciones injustificadas entre clientes de distintos países.
Hay avances muy tangibles en el día a día, como el fin de los recargos por itinerancia en telefonía móvil, que permite usar el teléfono en cualquier país de la UE sin costes adicionales, o la obligación de que los dispositivos electrónicos utilicen cargadores comunes, facilitando la vida al usuario y reduciendo los residuos. A esto se suman las etiquetas de eficiencia energética, que informan clara y visualmente sobre el consumo de energía y agua de los electrodomésticos, apoyadas por normas de ecodiseño que impulsan productos cada vez más eficientes.
Para las empresas, y especialmente para las pymes, el mercado único es una plataforma para crecer. Les permite acceder a inversores y clientes en todos los Estados miembros, diversificar proveedores y reforzar la resiliencia de las cadenas de suministro. Esta estructura común fue clave, por ejemplo, para coordinar la respuesta frente a la pandemia de COVID-19: facilitó la distribución de vacunas, la puesta en marcha de un gran plan de recuperación y la capacidad de liderar una reacción global más coordinada.
La UE complementa todo ello con normas contables, de auditoría e información financiera y no financiera que favorecen la transparencia y la confianza. Además, impulsa marcos regulatorios para que las grandes corporaciones paguen la parte de impuestos que les corresponde, al tiempo que proporciona instrumentos de apoyo específicos a los pequeños negocios. En caso de trato injusto como propietario de una empresa, existen mecanismos europeos de protección y vías legales para reclamar.
Made in Europe: ventajas competitivas para empresas y clientes
La actual UE, formada por 27 Estados miembros, es una potencia económica y política cuyo origen se remonta al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. El objetivo inicial fue reforzar la cooperación económica, bajo la idea de que los países que comercian intensamente se vuelven interdependientes y, por tanto, menos propensos al conflicto armado. Desde entonces, el proyecto europeo ha ido añadiendo dimensiones políticas, sociales y medioambientales.
En ese contexto ha ganado peso la etiqueta “Made in Europe”, que se ha convertido en un signo de identidad y calidad tanto para empresas como para consumidores. Establecer una compañía en territorio comunitario implica beneficiarse de la libre circulación de mercancías y personas, de un mercado amplio y relativamente homogéneo y de un marco normativo que, aunque exigente, proporciona seguridad jurídica y reglas del juego claras.
Una de las ventajas más visibles para las empresas que producen en Europa es la posibilidad de abastecerse de proveedores localizados en diferentes Estados miembros con relativa facilidad, sin apenas controles fronterizos y bajo estándares regulatorios compartidos. Esto supone ahorros de tiempo, una logística más predecible y una gran flexibilidad para ajustar cadenas de suministro, especialmente en compras indirectas como material de oficina, embalajes, higiene, equipos de protección y similares.
Dado que los proveedores europeos están sujetos a las mismas políticas laborales, medioambientales y de calidad, las compañías pueden tener un control más preciso sobre el origen y los métodos de producción de lo que compran. Esto facilita la transparencia en la relación calidad-precio, mejora la seguridad de suministro y permite racionalizar procesos de compra a escala europea, con ahorros de costes y una mejor gestión de los plazos de entrega.
La apuesta por el “Hecho en Europa” también está muy ligada a la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). La UE se ha posicionado como uno de los bloques más activos en materia de desarrollo sostenible y protección del medio ambiente, estableciendo normas estrictas que las empresas deben cumplir. Un ejemplo es la etiqueta Responsibility Europe, creada en 2021 para dar visibilidad internacional a las compañías que ya cuentan con certificaciones nacionales de RSE, unificándolas bajo un sello común europeo.
Para las empresas, este tipo de certificaciones supone una oportunidad para diferenciarse por su compromiso social y medioambiental, y para los clientes son una garantía adicional de calidad, transparencia y buenas prácticas. Cada vez más consumidores prefieren marcas con un comportamiento responsable, por lo que la combinación “Made in Europe + RSE sólida” se convierte en un argumento de venta potente y en un activo de reputación muy valioso.
Desde el lado del cliente final, la etiqueta “Made in Europe” proporciona una mayor claridad sobre la composición, el diseño y la calidad de los productos que adquiere. Todas las empresas que operan dentro de la UE tienen que respetar reglamentos homogéneos en materia de seguridad, salud, información al consumidor y estándares técnicos, lo que eleva el nivel general de confianza. Para muchos compradores, saber que un producto cumple los requisitos europeos es ya sinónimo de una cierta garantía.
Este sistema compartido de normas y regulaciones mejora, en definitiva, el funcionamiento de la economía europea: facilita la actividad exportadora, reduce incertidumbres legales, eleva el listón de la calidad y acompaña el cambio hacia una producción más sostenible. Para las empresas, significa operar en un entorno con reglas comunes y previsibles; para los consumidores, disfrutar de bienes y servicios con un estándar mínimo alto y verificable.
Rentabilidad empresarial en España frente a Europa y la OCDE
Si se pone el foco en España, aparece un reto específico: la rentabilidad de las empresas españolas está por debajo de la media europea y de la OCDE. Un informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE) concluye que, de media, las compañías españolas son un 9,6 % menos rentables que las europeas y un 16,3 % menos que el promedio de la OCDE, tomando como referencia el excedente neto de explotación en porcentaje del valor añadido, excluyendo la depreciación.
En el índice elaborado por el IEE, España obtiene una nota de 83,7, frente a 92,6 de la media de la UE y 100 de la OCDE. Esto indica que las empresas españolas cuentan con menos beneficios operativos disponibles para reinvertir o repartir, una vez descontado el desgaste de los activos fijos. Esta desventaja puede limitar su capacidad para innovar, internacionalizarse, ganar tamaño o mejorar la productividad.
La comparativa con países de renta per cápita similar, como Italia, República Checa o Eslovaquia, muestra también a España por detrás en este indicador, lo que se traduce en una menor competitividad relativa. Además, la tendencia no juega a favor: entre 2005-2015 y 2015-2023, la rentabilidad empresarial española ha caído un 1,5 %, mientras que en la UE el retroceso ha sido de apenas un 0,4 % y en la OCDE de un 0,6 %. Es decir, España se ha deteriorado a un ritmo mayor que sus socios.
El informe del IEE atribuye este empeoramiento a varios factores: un contexto de costes crecientes en energía, materias primas y salarios, que muchas empresas no han podido trasladar por completo a los precios finales; una carga fiscal elevada; y una creciente complejidad regulatoria que reduce la flexibilidad empresarial. Todo ello comprime los márgenes, dificulta la inversión y acaba impactando en la capacidad de crear empleo de calidad.
Este análisis sobre la rentabilidad se enmarca en un estudio más amplio sobre la libertad económica en España, donde el país figura en el puesto 53 del ranking mundial, lejos de economías punteras como Suiza, Irlanda, Dinamarca o Países Bajos. El ámbito donde España obtiene peor resultado es la salud fiscal, colocándose casi 28 puntos por debajo de la media de la OCDE, seguido de la variable de gasto público, con una brecha superior a 10 puntos.
La debilidad en salud fiscal se relaciona con déficits persistentes, un volumen elevado de deuda acumulada y un gasto público estructuralmente alto, sin reformas suficientes para corregir esos desequilibrios. Esta situación limita el margen para bajar impuestos, encarece la financiación del Estado y puede desincentivar la inversión privada. A la larga, un nivel de deuda muy elevado impone cargas financieras al futuro y reduce la capacidad de reacción en futuras crisis.
En cuanto al gasto público, el informe advierte de que, cuando su peso en el PIB es demasiado grande, puede
interferir en el desarrollo del sector privado, desplazar su actividad y distorsionar la asignación eficiente de recursos. Un papel excesivamente dominante del Estado en la economía puede llevar a más burocracia, menor productividad y mayores ineficiencias, sumándose a la dinámica de crecimiento de la deuda y a un entorno menos competitivo.
Papel de las pymes y beneficios para empleados en la competitividad europea
Dentro del tejido empresarial europeo, las pequeñas y medianas empresas (pymes) son auténticas protagonistas: representan alrededor del 99 % de las compañías de la UE. En España, la concentración es incluso mayor: según datos del Ministerio de Industria y Turismo, las pymes suponen el 99,7 % de las empresas y emplean al 59 % de los asalariados, mientras que las grandes empresas, con más de 250 trabajadores, son solo el 0,3 % y concentran el 41 % del empleo restante.
Las pymes y microempresas se definen, en términos generales, como aquellas que no superan los 250 empleados y cuyo volumen de negocio no rebasa los 50 millones de euros o un balance general superior a 43 millones. Este tipo de empresas son clave para el crecimiento económico, la innovación y el empleo en Europa, pero también afrontan retos específicos: menor capacidad de financiación, más exposición a la inflación de costes y dificultades adicionales para atraer y retener talento frente a las grandes compañías.
Uno de los temas que más pesa hoy en la agenda de las pymes es la gestión del talento y la transparencia salarial. Ya no basta con ofrecer un salario competitivo: muchos profesionales valoran fuertemente las políticas de conciliación, la flexibilidad horaria, la posibilidad de teletrabajo, el ambiente laboral y, en general, las condiciones que les permitan compatibilizar vida personal, familiar y profesional.
En este contexto, los beneficios para empleados se han convertido en una herramienta clave. La implementación de beneficios sociales adicionales al salario suele incrementar la motivación y satisfacción, refuerza el sentimiento de pertenencia y, como consecuencia, impulsa la productividad y el rendimiento. Sin embargo, los datos muestran que todavía hay un amplio margen de mejora en las pymes: según un estudio de Pluxee, solo el 27 % de las pequeñas empresas y el 55 % de las medianas ofrecen beneficios adicionales, frente al 63 % de las grandes.
Esta brecha coloca a las pymes en desventaja en la “guerra por el talento”, especialmente en sectores donde la demanda de profesionales cualificados supera la oferta. A la hora de elegir empleo, muchos candidatos valoran no solo el salario, sino también si la empresa les ayuda a ahorrar en gastos recurrentes como transporte, comidas, guardería o formación, y si promueve un entorno que cuide su bienestar. Los beneficios sociales y la retribución flexible se han convertido, por tanto, en palancas útiles para diferenciarse sin necesidad de disparar el coste salarial fijo.
Conviene distinguir entre beneficios sociales y retribución flexible. Los beneficios sociales forman parte del paquete retributivo que la empresa ofrece como complemento al salario bruto y suelen ser costeados íntegramente por la compañía. Cotizan a la Seguridad Social y son, por lo general, deducibles en el Impuesto de Sociedades. La retribución flexible, en cambio, permite al empleado destinar una parte de su salario bruto a determinados productos o servicios con ventajas fiscales, de manera que optimiza su salario neto, pero suele requerir una planificación más fina por parte de la empresa y del trabajador.
Para muchas pymes, incorporar este tipo de esquemas puede ser la diferencia entre retener perfiles clave o ver cómo se marchan a grandes grupos que ya tienen políticas de beneficios muy desarrolladas. Además, los beneficios sociales bien diseñados ayudan a reducir la rotación, disminuyen los costes de reclutamiento y formación y crean una cultura corporativa más sólida, lo que, a la larga, también se traduce en mejores resultados y en empresas más competitivas en el entorno europeo.
La combinación de un mercado único dinámico, una mayor integración europea en ámbitos clave, un entorno fiscal y regulatorio que incentive la rentabilidad y un tejido de pymes capaz de ofrecer buenas condiciones laborales es lo que puede marcar la diferencia en el desempeño de las empresas europeas y en la calidad de vida de sus ciudadanos. Con los retos actuales de costes, transición ecológica y digitalización, el margen de mejora es grande, pero también lo son las oportunidades si las políticas públicas y las decisiones empresariales empujan en la misma dirección.
