Bolsa y crisis del petróleo: historia, volatilidad y mercados

Última actualización: abril 25, 2026
  • Solo tres grandes mercados bajistas del S&P 500 han estado claramente ligados a shocks del petróleo, con caídas medias cercanas al 30%.
  • El impacto del crudo en la bolsa depende sobre todo de la intensidad y la duración del shock energético y de su efecto sobre inflación y crecimiento.
  • La correlación entre petróleo y renta variable ha sido baja en la mayoría de los últimos 25 años, aunque se ha intensificado en ciertas crisis.
  • La actual combinación de tensiones geopolíticas, repunte del crudo y volatilidad elevada mantiene a los mercados en un escenario de riesgo significativo.

Bolsa y crisis del petróleo

El vínculo entre la bolsa y las crisis del petróleo vuelve a estar sobre la mesa cada vez que el barril se dispara o se desploma con fuerza. Subidas por encima de los 90 o 100 dólares, tensiones geopolíticas en Oriente Medio o movimientos bruscos en la OPEP reactivan una vieja pregunta: hasta qué punto un shock energético puede tirar abajo las bolsas mundiales o, al contrario, pasar casi de puntillas por los mercados.

Si miramos la historia con calma, vemos que no todos los vaivenes del crudo se traducen en mercados bajistas, pero sí ha habido episodios en los que el petróleo ha sido el detonante claro de fuertes correcciones en el S&P 500 y en otros índices globales. Al mismo tiempo, hay periodos largos en los que la correlación entre ambos activos es mínima o incluso nula, lo que complica mucho los titulares fáciles y las explicaciones simplistas.

Grandes mercados bajistas causados por shocks del petróleo

Mercados bursátiles y petróleo

Desde la Gran Depresión, el índice S&P 500 ha atravesado 18 mercados bajistas relevantes, entendidos como caídas superiores al 20% desde máximos. Sin embargo, sólo en tres ocasiones puede hablarse claramente de caídas directamente ligadas a un shock en el precio del petróleo, según el análisis histórico de firmas como CFRA Research.

El estratega jefe de inversión de CFRA, Sam Stovall, identifica tres episodios paradigmáticos donde el crudo fue protagonista y no un mero acompañante del ciclo económico: la crisis del Canal de Suez en los años 50, el embargo petrolero de la OPEP en los 70 y la invasión de Kuwait a comienzos de los 90.

En la crisis del Canal de Suez, en 1956, el cierre de esta ruta clave de transporte sacudió la oferta mundial de energía. El S&P 500 llegó a perder en torno a un 21,6%, y la fase bajista se alargó aproximadamente 15 meses. No fue la caída más aparatosa en términos de porcentaje, pero sí un ejemplo temprano de cómo un problema de suministro energético puede contagiar expectativas económicas y financieras.

El segundo gran hito fue el embargo petrolero de la OPEP en 1973, en plena guerra del Yom Kippur. Varios países árabes decidieron restringir las exportaciones de crudo a Estados Unidos y a otros aliados de Israel. El resultado fue una escalada brutal del precio del barril, que llegó a multiplicarse por cuatro en pocos años, y un desplome bursátil histórico: el S&P 500 se dejó alrededor de un 48,2% en unos 21 meses, acompañando una recesión global muy severa.

El tercer episodio claramente vinculado al petróleo fue la invasión de Kuwait por Irak en 1990. La tensión militar en una región clave para el suministro mundial disparó el precio del crudo de forma súbita. En este contexto, el S&P 500 sufrió una caída cercana al 20% en un periodo relativamente corto, de unos tres meses, ilustrando cómo choques geopolíticos pueden precipitar correcciones rápidas aunque menos duraderas.

Si se hace la media de estos tres episodios, los mercados bajistas ligados a crisis energéticas duraron en torno a 13 meses y generaron retrocesos cercanos al 30% en el S&P 500. El capítulo de los 70 fue el más duro por la combinación tóxica de inflación disparada, recesión y un cambio estructural en los costes energéticos para las economías desarrolladas.

Por qué el petróleo puede castigar tanto a la renta variable

Cuando se produce un shock energético, no sólo sube una materia prima: se desencadenan movimientos en cadena sobre la inflación, los tipos de interés y el crecimiento. Esta triple combinación es lo que, históricamente, ha hecho tanto daño a las bolsas en determinadas crisis del petróleo.

Por un lado, un encarecimiento fuerte y sostenido del petróleo suele alimentar la inflación, ya que la energía entra en prácticamente todos los procesos productivos y en la factura diaria de las familias. Los bancos centrales, para frenar esa subida de precios, se ven presionados a mantener o endurecer políticas monetarias más restrictivas, lo que encarece la financiación y enfría la inversión.

Por otro lado, el aumento del coste de la energía reduce el poder adquisitivo de los consumidores: se gasta más en combustible, calefacción o electricidad y queda menos margen para otros bienes y servicios. Al mismo tiempo, las empresas se encuentran con un incremento notable de sus costes operativos, lo que comprime márgenes y puede obligar a recortar inversión o plantilla.

El resultado suele ser una mezcla de crecimiento más flojo e inflación más alta, un entorno muy incómodo para los mercados bursátiles porque destruye beneficios empresariales reales y complica la valoración de las acciones. En contextos así, el inversor se enfrenta a un escenario de menor expansión económica, tipos de interés al alza o elevados y mayor incertidumbre sobre los resultados futuros de las compañías.

Ahora bien, no todos los repuntes del crudo llegan a ese extremo. La clave está en la intensidad y la duración del shock. Un pico breve en el precio del barril puede ser digerible para la economía si no se traduce en una espiral de precios y salarios. En cambio, un periodo prolongado con el crudo por encima de determinados niveles psicológicos (como los 100 dólares) y sin expectativa de moderación sí puede generar un deterioro más serio en la renta variable global.

El impacto del último repunte del crudo en los mercados

En los episodios más recientes de tensión, como los derivados de conflictos entre Estados Unidos, Irán e Israel, el precio del petróleo ha registrado escaladas muy rápidas. El WTI ha llegado a subir más de un 50% en un corto espacio de tiempo en algunos tramos de crisis, mientras que el Brent se ha disparado alrededor de un 25% en apenas cinco días, superando el umbral de los 90 dólares por barril.

A pesar de este fuerte tirón del crudo, la reacción inicial de la renta variable ha sido, en algunos momentos, más moderada de lo que cabría esperar si la historia fuera un patrón perfecto. Por ejemplo, el S&P 500 ha llegado a acumular una corrección algo superior al 2% desde que estalló una de estas últimas crisis, una caída notable pero muy lejos de los desplomes asociados a los grandes shocks petroleros del pasado.

Este comportamiento sugiere que los inversores, al menos en una primera fase, no han descontado todavía un escenario de recesión profunda o de inflación descontrolada ligada al petróleo. Más bien parecen estar calibrando si el conflicto se alarga o se resuelve de forma relativamente rápida, y hasta qué punto se verá afectado el flujo de crudo desde zonas estratégicas como el estrecho de Ormuz.

Aun así, muchos analistas insisten en que la evolución futura dependerá en gran medida de dos factores clave: la duración del conflicto y el daño real al suministro energético global. Si las tensiones acaban siendo temporales y el precio del barril se estabiliza por debajo de niveles críticos, el castigo a las bolsas podría quedarse en una corrección limitada. Si, por el contrario, el shock se prolonga y se enraíza en la economía, las valoraciones pueden resentirse con más fuerza.

La experiencia histórica invita a pensar que el verdadero problema no es tanto el pico puntual del crudo como su persistencia en niveles elevados. Cuando empresas y hogares interiorizan que la energía va a seguir cara durante mucho tiempo, ajustan su comportamiento, y esos cambios tienden a reflejarse con contundencia en los mercados financieros.

Correlación bolsa-petróleo: de casi nula a muy intensa

Si ampliamos el foco y miramos los últimos 25 años, se observa que la correlación entre el precio del petróleo y la bolsa ha sido sorprendentemente baja en la mayoría de periodos. Durante 20 de esos 25 años, la relación estadística entre ambos activos ha sido muy pequeña, hasta el punto de que cada uno ha seguido su propio ciclo en muchos momentos.

Durante la fuerte crisis económica de 2008-2011, sin embargo, sí apareció una correlación positiva intensa: tanto la bolsa como el crudo bajaron a la vez, arrastrados por la recesión global, las dudas sobre la solvencia del sistema financiero y la contracción del comercio mundial. En esa etapa, la caída de la actividad fue tan generalizada que resultaba difícil encontrar activos financieros desconectados del ciclo.

A partir de 2012, con la recuperación bursátil y la normalización progresiva de la economía, esa correlación prácticamente desapareció. Mientras las bolsas se recuperaban apoyadas en beneficios empresariales al alza y políticas monetarias ultraexpansivas, el petróleo registraba movimientos más ligados a la dinámica de oferta y demanda, a las expectativas sobre China y a las decisiones de la OPEP.

Desde 2015, no obstante, vuelve a apreciarse una correlación marcada: en muchos tramos, tanto los índices bursátiles como el precio del crudo han tendido a caer a la vez, especialmente desde el verano de aquel año. Esta sincronía ha generado todo tipo de interpretaciones, aunque no siempre se ha ofrecido una explicación sólida y concluyente de por qué una bajada del petróleo tendría que ir acompañada necesariamente de descensos en la bolsa.

En realidad, parte de esa correlación puede deberse a que el petróleo actúa a veces como termómetro del ciclo global: cuando el mercado anticipa menor crecimiento, el barril baja; y al mismo tiempo las expectativas de beneficios empresariales se deterioran y las bolsas corrigen. En otras ocasiones, movimientos puramente técnicos o cambios en carteras institucionales pueden reforzar esa relación, pero sin que exista un vínculo económico directo tan claro.

Evolución histórica del precio del petróleo y la bolsa

Si miramos un gráfico de largo plazo desde 1990, se observa que el precio del petróleo se mantuvo alrededor de los 20 dólares por barril entre 1990 y 2004, con oscilaciones, pero sin grandes sobresaltos estructurales. Era una etapa de relativa estabilidad en el mercado energético, al menos comparada con lo que vendría después.

A partir de 2004, coincidiendo con un ciclo de fuerte expansión económica mundial y con el auge de los mercados emergentes, el crudo inició una escalada espectacular hasta los 140 dólares. En esos años se popularizaron discursos sobre una inminente escasez de petróleo, la llegada de un “peak oil” irreversible y toda clase de previsiones catastrofistas sobre el futuro energético. Hoy casi nadie habla de aquello, recordando que muchas narrativas financieras son modas que van y vienen.

Al final de 2008, en pleno colapso financiero, el precio del petróleo se desplomó con la misma violencia con la que se hundían otros activos: acciones, crédito, inmobiliario… Fue un otoño frenético en el que incluso llegaron a cuestionarse los cimientos del capitalismo. Con la posterior recuperación económica, el crudo volvió a niveles cercanos a los 120 dólares, pero desde el otoño de 2014 inició una nueva fase de descensos muy pronunciados.

En este último tramo, quedó claro que el petróleo es un activo de enorme volatilidad. En cuestión de meses puede pasar de niveles considerados “altos” a niveles “bajos” o viceversa, reflejando cambios bruscos en expectativas de demanda, decisiones de la OPEP, conflictos regionales o innovaciones tecnológicas como el fracking.

En el mismo gráfico, si se superponen la evolución del crudo y la de los índices bursátiles, puede dar la impresión de que ambos se mueven muy de la mano. Sin embargo, buena parte de esa sensación es un simple efecto óptico derivado de la escala elegida, no una verdadera relación económica fuerte y estable a lo largo del tiempo.

El efecto de la escala y la base 100 en los gráficos

Para entender mejor la relación entre petróleo y bolsa, es útil cambiar la forma de representar los datos. Cuando se usa una escala lineal tradicional y se muestran precios absolutos, las grandes subidas o bajadas en niveles altos parecen descomunales, mientras que las variaciones en niveles bajos casi ni se aprecian en el gráfico.

Por ejemplo, si el petróleo baja de 20 a 10 dólares, ha perdido un 50%, una caída enorme. Pero si el gráfico llega hasta 140 dólares en el eje vertical, ese movimiento de 10 dólares apenas se ve. En cambio, si el barril cae de 140 a 70 dólares, el trazo visual es espectacular, aunque en términos porcentuales la caída vuelve a ser del 50%, exactamente la misma magnitud relativa.

Para eliminar este “engaño visual”, resulta mucho más representativo usar una escala logarítmica con base 100 en un año inicial, como 1990. De esta forma, si ambos activos suben o bajan un 50% o un 100%, el salto en el gráfico tiene el mismo tamaño sea cual sea el nivel absoluto de precios, lo que permite comparar de verdad la intensidad de los movimientos.

Al analizar así los datos, se observa que, partiendo de una base 100 en 1990, el petróleo llega casi a 250 en 1991 tras la guerra de Kuwait, mientras la bolsa retrocede hacia 80, reflejando claramente que en ese momento se movieron en sentidos opuestos. Esta divergencia apenas se percibe en un gráfico clásico con escala lineal, pero se hace muy patente con la escala logarítmica.

Entre 1995 y finales de los 90, la bolsa multiplica por cuatro su valor, pasando de 100 a 400 en unos pocos años, un comportamiento extraordinario con una rentabilidad acumulada del 300% en un periodo muy corto. En esos mismos años, el petróleo se reduce desde 100 hasta 50, subrayando que no siempre hay una relación directa entre ambos activos, y que la bolsa puede ir muy bien mientras el crudo baja sin freno.

Rendimientos extremos y volatilidad creciente

Desde finales de los 90 hasta 2008, el petróleo firmó una subida espectacular: multiplicó por 16 su precio en apenas nueve años, pasando de 50 a 800 puntos en la serie indexada (el último valor ni siquiera llega a verse completo en algunos gráficos). Un avance del 1.500% en un periodo tan corto es totalmente excepcional y difícilmente sostenible a largo plazo.

En ese mismo periodo, las bolsas vivieron fases intensas de euforia y desplome. Desde 1999, los índices han mostrado más bien una trayectoria plagada de fuertes caídas y recuperaciones posteriores, con un papel muy relevante de los dividendos en la rentabilidad total para el inversor de largo plazo. La apreciación pura por precios, descontando los pagos periódicos, ha sido mucho menos lineal de lo que puede parecer.

A partir de 2008, tanto el petróleo como la renta variable han entrado en una etapa donde predominan las oscilaciones severas, subidas y bajadas abruptas, más que grandes tendencias limpias y sostenidas. El crudo ha alternado desplomes rápidos con rebotes vigorosos, mientras las bolsas han respondido a episodios de crisis financiera, auge de políticas monetarias no convencionales, tensiones de deuda soberana en Europa y, más adelante, shocks como la pandemia.

Para no dejarse llevar por impresiones visuales, resulta interesante calcular la volatilidad diaria en ventanas de varios años desde 1990 hasta aproximadamente 2016. Esa medida permite cuantificar realmente en qué periodos se han dado oscilaciones más bruscas de precios y hasta qué punto el petróleo ha sido sistemáticamente más volátil que el mercado de acciones.

Los resultados muestran que la volatilidad del petróleo ha superado de forma consistente a la de la bolsa en las últimas décadas. Además, cada cierto tiempo se observan picos de volatilidad muy acusados, que suelen corresponder a eventos específicos: la guerra de Kuwait en 1990, la crisis rusa en 1998, los atentados del 11-S en 2001, la guerra de Irak en 2004, la crisis financiera global en 2008, entre otros.

Volatilidad, eventos extremos y episodios recientes

Dentro de este historial, la volatilidad actual del petróleo (en torno al 30% en algunos periodos, medida como 0,3 en términos diarios anualizados) no figura entre las más extremas de la serie, pero sí apunta en ocasiones a un claro repunte que podría escalar si se encadenan nuevos shocks. Lo llamativo en determinados momentos recientes es que no siempre hay un único evento de impacto masivo, como los anteriores, que explique por sí solo ese aumento de la inestabilidad.

En el caso de la bolsa ocurre algo parecido. Tradicionalmente, la volatilidad de los índices bursátiles ha sido más baja que la de las materias primas, incluido el crudo. En las fases de mercado claramente alcista, la volatilidad tiende a moderarse, mientras que en las correcciones o en los periodos de incertidumbre política y económica se producen picos bruscos.

Desde 2008, especialmente en Europa, estos “eventos de volatilidad” se han vuelto más frecuentes, coincidiendo con los episodios de crisis de deuda soberana en Grecia, Portugal e Irlanda, las dudas sobre el euro, cambios en las políticas del BCE y diversas tensiones geopolíticas. Por primera vez en algunos tramos, la volatilidad de la bolsa ha llegado a superar a la del petróleo, algo poco habitual en la serie histórica.

En meses recientes, la volatilidad se ha incrementado tanto en renta variable como en crudo, pero este repunte no es extremo si se compara con los últimos 25 años. El problema es que, de nuevo, no se identifica con claridad un único detonante, sino una suma de factores: conflictos en Oriente Medio, dudas sobre el crecimiento de China, cambios de tono en los bancos centrales y preocupación por la inflación.

En este contexto, el índice VIX, conocido como el “termómetro del miedo”, ha alcanzado en ciertos momentos sus niveles más altos en varios meses, reflejando la inquietud de los inversores ante la combinación de tensiones bélicas, riesgo energético y posible rebrote inflacionista. Estos repuntes del VIX suelen ir acompañados de ventas en los índices, ajustes de riesgo y mayor sensibilidad a cualquier titular negativo.

Mercados globales ante la nueva sacudida del petróleo

La combinación de precios del petróleo al alza y elevada tensión internacional ha provocado caídas relevantes en muchas bolsas en las últimas semanas o meses analizados. En Asia, algunos índices han registrado descensos históricos: el Kospi surcoreano ha llegado a perder más de un 11% en una sola semana, mientras el Nikkei japonés y la bolsa de Taiwán han sufrido recortes superiores al 5% en ese mismo periodo.

El índice MSCI Asia, que agrupa un amplio conjunto de mercados de la región, ha vivido su semana más bajista desde los primeros compases de la pandemia de Covid-19. Esta comparación no es baladí, porque sitúa el actual episodio de tensión en un nivel de estrés parecido al de una crisis sanitaria global que paralizó buena parte de la actividad económica mundial.

En Europa, la tónica ha sido similar. Los principales parqués han encadenado su semana más negativa desde abril en uno de los episodios estudiados, con un Ibex 35 corrigiendo en torno al 7% hasta situarse sobre los 17.074 puntos, cumpliendo así con la llamada “regla del 10%” de corrección mínima desde máximos recientes. Esta caída ha sido especialmente dura para compañías intensivas en energía o muy expuestas al ciclo.

Dentro del Ibex, se han visto movimientos muy dispares: Repsol ha destacado en el lado positivo, con subidas cercanas al 9% gracias al tirón del crudo, mientras que valores como Acciona, ArcelorMittal o Solaria han sufrido recortes superiores al 13% desde el lunes de esa misma semana, reflejando un castigo fuerte en sectores más cíclicos o sensibles a tipos e inflación.

Entre los índices europeos de referencia, el EuroStoxx 50 ha cedido en torno a un 6,8%, mientras que el Cac francés y el Dax alemán han retrocedido un 6,8% y un 6,7% respectivamente. En el caso del Dax, todavía no se habría alcanzado su zona de soporte clave, situada entre los 22.900 y 23.000 puntos, un rango técnico que muchos analistas vigilan para determinar si las caídas se quedarían en corrección o si podrían profundizar hacia un escenario más bajista.

El índice español Ibex 35 y su comportamiento reciente pueden verse en perspectiva dentro de las perspectivas de la economía española, donde factores energéticos y macroeconómicos condicionan la evolución de los mercados nacionales.

El papel de Estados Unidos y la visión de los expertos

Al otro lado del Atlántico, el S&P 500 se ha mantenido en distintos episodios recientes defendiendo niveles técnicos críticos, en torno a los 6.500 puntos en las referencias utilizadas en algunos análisis. Esa cota se considera un soporte importante que separa un simple proceso de consolidación de precios de un entorno correctivo más profundo en el que los vendedores tomen claramente el control.

En este entorno, la lectura de los expertos es prudente. Aunque algunos rebotes técnicos han aliviado parcialmente las caídas, la incertidumbre geopolítica y la presión del crudo siguen marcando el paso. La gran incógnita, como señalaba Marco Oviedo, estratega senior de XP Investiments, no es tanto el retroceso visto hasta ahora, sino cuánto puede durar la guerra y cómo afectará eso a los flujos energéticos y a la inflación global.

Los analistas recomiendan que los inversores mantengan estrategias coherentes con su perfil de riesgo, sin dejarse llevar en exceso por las emociones del corto plazo, pero siendo conscientes de que la combinación de tensiones bélicas, shocks energéticos y dudas macro puede prolongar la tormenta en los mercados durante semanas o meses.

El consenso general es que, si el petróleo logra volver a niveles más contenidos y se modera la tensión en los principales focos de conflicto, el daño para la renta variable podría limitarse a una fase de corrección y volatilidad elevada, pero manejable. Si no es así y la escalada se prolonga, es razonable esperar más episodios de sobresaltos, picos de VIX y revisiones a la baja de beneficios corporativos.

Mirando todo este recorrido histórico, se aprecia que la relación entre bolsa y petróleo es compleja y cambiante: a veces van de la mano, otras se mueven en direcciones opuestas y, en muchos años, apenas muestran una correlación significativa. La historia demuestra, eso sí, que los grandes shocks energéticos prolongados pueden convertirse en un quebradero de cabeza serio para los mercados, sobre todo cuando se combinan con inflación alta, tipos exigentes y expectativas de crecimiento a la baja.

crisis del petroleo 1973
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