- El capital natural agrupa activos y servicios ecosistémicos de los que depende más de la mitad del PIB mundial.
- Las finanzas sostenibles integran ya el capital natural en la gestión de riesgos, la estrategia y el diseño de productos.
- Surgen marcos regulatorios e instrumentos de inversión “nature-positive” que abren un mercado aún poco explotado.
- La fiscalidad y la correcta estructuración de fondos resultan decisivas para la rentabilidad de las inversiones en capital natural.
El capital natural se ha colado con fuerza en las conversaciones sobre finanzas sostenibles. Ya no se habla solo de emisiones de CO₂ o de energías renovables: hoy el foco también está en bosques, suelos, océanos, biodiversidad y en todos esos procesos ecológicos que sostienen la economía real. Cada vez más bancos, gestoras de activos e instituciones reconocen que su estabilidad financiera depende directamente de la salud de la naturaleza.
En este contexto, el capital natural ha pasado de ser un concepto casi académico a convertirse en una palanca estratégica para la inversión, la gestión de riesgos y la regulación. Entender qué es, cómo se mide, qué marcos normativos lo rodean y qué oportunidades de negocio abre se ha vuelto imprescindible para cualquiera que trabaje en inversión sostenible, gestión de riesgos ASG o diseño de productos financieros alineados con la transición ecológica.
Qué es el capital natural y por qué importa tanto a las finanzas
Cuando hablamos de capital natural nos referimos al conjunto de activos naturales del planeta: suelos, minerales, ríos, mares, aire, bosques, praderas, especies animales y vegetales y los ecosistemas que forman. Esos activos no son solo “recursos” que se extraen, sino una reserva de bienes y servicios que hacen posible la vida y la actividad económica.
En términos económicos, el capital natural puede entenderse como un stock que genera flujos de bienes y servicios ecosistémicos. Esos flujos incluyen desde productos tangibles (madera, pescado, cultivos, agua) hasta servicios intangibles pero críticos, como la regulación del clima, la polinización, la depuración natural del agua o la prevención de inundaciones y la erosión.
La Fundación Biodiversidad describe este capital como reservas, rendimientos e intereses procedentes de los bienes naturales. Es decir, se amplía el concepto tradicional de “capital” para abarcar todo aquello que la naturaleza produce y que sostiene el bienestar humano y la actividad económica, incluso cuando no pasa por el mercado ni tiene precio explícito.
Por eso, el capital natural va mucho más allá de la clásica noción de “recursos naturales”. Un bosque, por ejemplo, no es solo una reserva de madera. Un bosque sano almacena grandes cantidades de carbono, produce oxígeno, filtra el agua, sirve de hábitat a miles de especies y ayuda a estabilizar el clima local y global. Estos servicios ecosistémicos tienen un valor económico enorme, aunque muchas veces no se reflejan en las cuentas nacionales ni en los balances de las empresas.
Un estudio del economista canadiense Mark Anielski estimó que solo los bosques boreales del planeta aportan servicios por valor de unos 250.000 millones de dólares anuales, prácticamente el triple del valor comercial de toda la madera que contienen. Este tipo de análisis pone en evidencia lo poco que se ha tenido en cuenta, hasta ahora, el verdadero aporte de la naturaleza a la economía.
Capital natural renovable y no renovable: dos grandes bloques
El concepto de capital natural está aún en evolución y su cuantificación resulta compleja, pero se ha avanzado en una clasificación básica que ayuda a ordenar las ideas: capital natural renovable y capital natural no renovable.
El capital natural renovable engloba ecosistemas vivos y las especies que los habitan, junto con los servicios que prestan. Hablamos de bosques, humedales, praderas, mares, ríos, suelos fértiles, biodiversidad microbiana… Son activos que pueden mantenerse en el tiempo y regenerarse siempre que su uso sea sostenible y no se superen sus límites ecológicos.
Dentro de este capital renovable entran elementos muy diversos: desde productos aprovechables como la madera o los alimentos, hasta servicios de regulación climática, polinización, regeneración del suelo o ciclo del agua. Incluso organismos aparentemente modestos, como las lombrices y otros habitantes del subsuelo, forman parte de este capital al mejorar la estructura del suelo y su fertilidad.
El capital natural no renovable, por su parte, incluye aquellos recursos que no se regeneran a escala humana o lo hacen a ritmos extremadamente lentos, como los combustibles fósiles o determinados minerales. Aunque también forman parte del patrimonio natural, su explotación suele estar asociada a fuertes impactos ambientales y a riesgos de transición en un contexto de descarbonización y protección de la biodiversidad.
Para las finanzas sostenibles, esta distinción es crucial, porque las inversiones alineadas con la agenda “nature-positive” priorizan actividades que conservan, restauran o gestionan de forma sostenible el capital natural renovable, mientras que las ligadas a recursos no renovables se enfrentan a crecientes riesgos normativos, reputacionales y de demanda.
El capital natural como pilar de la economía y las finanzas
El capital natural no es solo una cuestión ambiental; es un soporte funcional para la estabilidad económica y la integridad de la biosfera. Sin una base natural sana, la economía global se tambalea. Esto ya no es una intuición ecológica, sino una conclusión respaldada por datos económicos de alto nivel.
El Foro Económico Mundial estima que más de la mitad del PIB mundial depende en gran medida de la naturaleza y sus servicios. Los tres sectores más expuestos son la construcción, la agricultura y la producción de alimentos y bebidas, pero el efecto dominó afecta prácticamente a todas las cadenas de valor.
La degradación de la biodiversidad y la destrucción de ecosistemas clave provocan pérdidas económicas directas, interrupciones en las cadenas de suministro, desastres naturales más frecuentes y una mayor volatilidad de precios. La inacción ante la crisis climática y ecológica podría traducirse, según diversos estudios, en un impacto acumulado de entre el 4% y el 18% del PIB mundial, con efectos muy desiguales entre regiones.
El trabajo del economista Partha Dasgupta, recogido en el informe “The Economics of Biodiversity: The Dasgupta Review” (2021), ha sido un punto de inflexión. El informe pone de manifiesto cómo el enfoque económico dominante, centrado en el crecimiento del PIB basado en la extracción de recursos, ha generado progreso, sí, pero a costa de erosionar el activo más valioso que tenemos: la naturaleza.
Esta revisión impulsa un debate cada vez más serio sobre la necesidad de ir más allá del PIB como indicador de desarrollo y avanzar hacia métricas que incorporen el valor del capital natural y el bienestar social. Para ello es fundamental diseñar sistemas que permitan estandarizar y armonizar la medición del capital natural en cuentas nacionales, balances empresariales y marcos de reporte para inversores.
Visión holística: cómo integra BBVA el capital natural en su estrategia
Algunos grandes grupos financieros ya han empezado a integrar el capital natural en su visión estratégica de la sostenibilidad. Un ejemplo es BBVA, que adopta un enfoque holístico que abarca todas las geografías donde opera y reconoce abiertamente su dependencia estructural de la naturaleza.
Para esta entidad, las oportunidades ligadas al capital natural se conectan con inversiones orientadas a reducir riesgos, mejorar la eficiencia y proteger los recursos naturales. Este enfoque se concreta en cuatro áreas claves relacionadas con sectores intensivos en recursos y con elevada exposición a la degradación ambiental.
El banco concibe el capital natural como una fuente de servicios ecosistémicos esenciales que sostienen la estabilidad económica. Por ello, lo integra en su estrategia de sostenibilidad no solo como un elemento de gestión de riesgos, sino como un motor de crecimiento que completa y refuerza su acción climática.
Este planteamiento está alineado con las Normas Europeas de Información de Sostenibilidad (NEIS), que exigen a las entidades financieras analizar y reportar sus impactos y dependencias respecto a la naturaleza. En este marco, BBVA refuerza su gobernanza ASG y su capacidad para anticipar riesgos sistémicos asociados a la pérdida de biodiversidad.
La entidad ha aplicado la metodología LEAP (Locate, Evaluate, Assess, Prepare), un enfoque de referencia internacional para identificar, evaluar y gestionar las interacciones entre las actividades financieras y la naturaleza. Con LEAP, el banco localiza primero sus exposiciones relevantes, evalúa la dependencia y los impactos, analiza la materialidad financiera y se prepara para integrar los resultados en su estrategia.
En la práctica, BBVA ha realizado un mapeo de su exposición en sectores como agricultura, gestión del agua y economía circular, utilizando herramientas analíticas globales de referencia, como ENCORE. Este análisis, con visión sectorial y geográfica, permite evaluar hasta qué punto la cartera del banco depende de servicios ecosistémicos clave y cuáles son los riesgos más críticos.
Esta gestión proactiva persigue dos objetivos complementarios: por un lado, aumentar la resiliencia financiera frente a riesgos sistémicos y de transición, y por otro, identificar nuevas oportunidades de negocio vinculadas a la conservación, restauración y uso sostenible del capital natural.
Marcos globales: naturaleza positiva y nuevas regulaciones
A nivel internacional, se está consolidando el objetivo de lograr un resultado global positivo para la naturaleza de aquí a 2030, lo que suele denominarse enfoque “nature-positive”. Este objetivo se enmarca en las negociaciones y acuerdos de biodiversidad promovidos por Naciones Unidas.
La idea es frenar la actual pérdida catastrófica de biodiversidad y revertir la degradación de ecosistemas, garantizando al mismo tiempo el desarrollo económico y social. Para conseguirlo, se está impulsando el desarrollo, adopción y aplicación de un marco mundial de biodiversidad que incluye metas, indicadores y compromisos específicos para gobiernos, empresas y sector financiero.
En paralelo, están surgiendo nuevos marcos jurídicos e instrumentos de inversión específicamente centrados en la naturaleza, que reconocen la inversión directa en capital natural como una clase de activo diferenciada. Esto facilita que las gestoras de activos puedan canalizar capital hacia proyectos acreditados de conservación, gestión sostenible y restauración.
Un ejemplo relevante en Europa es la nueva Ley de Restauración de la Naturaleza, concebida para acelerar la recuperación de ecosistemas degradados y garantizar la resiliencia ecológica del continente. Este marco normativo no solo impone obligaciones, sino que abre un abanico de oportunidades para la inversión privada en proyectos que generen impactos positivos sobre la naturaleza.
En países como España, distintos informes analizan el potencial económico de los servicios ecosistémicos y muestran con datos y casos concretos que integrar la naturaleza en la toma de decisiones económicas y financieras no es un “extra verde”, sino una estrategia de competitividad, estabilidad y crecimiento a largo plazo.
Inversión en capital natural: una oportunidad en auge
En los últimos años, la sostenibilidad y los criterios ASG se han convertido en variables clave para la mayoría de gestores de activos. Los inversores institucionales y minoristas, presionados por la sociedad, los reguladores y sus propios compromisos climáticos, exigen cada vez más productos alineados con objetivos ambientales y sociales claros.
Dentro de este universo de inversión sostenible, el capital natural emerge como una oportunidad de mercado prometedora y aún poco explotada. Se trata de inversiones que, si se diseñan bien, ofrecen retornos económicos atractivos a la vez que contribuyen a conservar, restaurar o gestionar de forma sostenible los ecosistemas.
Forbes estima que existe una oportunidad de inversión del orden de 100 billones de dólares vinculada al cambio climático y a la transición hacia modelos más respetuosos con la naturaleza. Una parte creciente de ese volumen podría canalizarse hacia activos de capital natural, especialmente en sectores como forestal, agricultura regenerativa, agua y soluciones basadas en la naturaleza.
Los nuevos vehículos centrados en naturaleza permiten a las gestoras de activos alternativos invertir directamente en proyectos certificados con objetivos como la conservación de bosques, la gestión sostenible de recursos hídricos, la restauración de suelos degradados o el despliegue de prácticas de pastoreo y agricultura sostenibles.
Entre los ejemplos típicos de inversiones en capital natural se encuentran proyectos de gestión forestal sostenible, agricultura regenerativa, infraestructuras de agua, biocombustibles de origen responsable, restauración de tierras y pesquerías gestionadas de forma sostenible. Los retornos pueden provenir de materias primas certificadas (madera, café, algodón, etc.), tasas de conservación, derechos de pesca y caza regulados, almacenamiento de carbono y acuerdos de compensación de emisiones corporativas.
La presión para reducir los impactos negativos sobre la naturaleza, junto con la necesidad de gestionar los riesgos climáticos y de biodiversidad, está llevando a que los inversores busquen productos “nature-positive” sin renunciar a sus expectativas de rentabilidad. Para ello, utilizan criterios y herramientas ASG más sofisticados, con el objetivo de alejarse de inversiones con impactos negativos, proteger su reputación y alinearse con los nuevos marcos regulatorios.
En respuesta, los gestores de activos alternativos están lanzando cada vez más fondos temáticos de capital natural. Estos fondos se dirigen a inversores institucionales como fondos soberanos, fondos de pensiones y aseguradoras, y combinan la búsqueda de rendimientos financieros con la generación de resultados ambientales y sociales medibles, reduciendo a la vez los riesgos climáticos a largo plazo.
Fiscalidad y estructuración: piezas clave en los fondos de capital natural
Las inversiones en capital natural no solo plantean retos de análisis ASG, medición de impactos y selección de proyectos. También exigen una planificación fiscal y societaria muy cuidadosa, porque la estructura elegida puede afectar de forma significativa a la rentabilidad final del fondo y a la experiencia del inversor.
En primer lugar, conviene adaptar la estructura del vehículo de inversión a las características del activo subyacente y del tipo de inversor. No es lo mismo financiar bonos verdes, derechos concesionales o activos tangibles como tierras forestales o agrícolas. Cada tipología requiere esquemas de holding y estructuras de fondos diferentes, con implicaciones fiscales específicas.
Si este diseño no se hace bien desde el inicio, pueden surgir efectos indeseados como obligaciones fiscales en jurisdicciones no previstas para los inversores, exigencias de información tributaria adicional o retenciones que reduzcan la tasa interna de retorno. Por eso, la fase de estructuración es crítica para garantizar eficiencia fiscal y claridad regulatoria.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta las consideraciones fiscales locales, tanto directas como indirectas, del país donde se desarrolla el proyecto. Algunos países aplican regímenes especiales de IVA a los créditos de carbono, gravámenes específicos sobre la producción de madera o tasas sobre recursos naturales. Al mismo tiempo, pueden existir incentivos a la inversión sostenible, como subvenciones, deducciones fiscales, amortizaciones aceleradas o bonificaciones ligadas a la creación de empleo verde.
También es esencial analizar cómo se configuran, desde el punto de vista fiscal y de precios de transferencia, los contratos comerciales y los flujos de retorno basados en la naturaleza. Acuerdos de compraventa de créditos de carbono, cánones por uso de recursos o pagos por servicios ecosistémicos deben diseñarse con precisión para evitar conflictos con las autoridades tributarias.
Un tercer aspecto clave es la tributación de plusvalías para no residentes en el momento de la desinversión. En muchos proyectos de capital natural, el activo principal está vinculado a la tierra (por ejemplo, explotaciones agrícolas o forestales), por lo que la normativa local puede considerar la sociedad vehículo como una entidad inmobiliaria a efectos fiscales.
Esto implica que, cuando se vende la participación en la sociedad de proyecto, las autoridades fiscales podrían entender que, en la práctica, se está enajenando un activo inmobiliario y, por tanto, reclamar el derecho de gravar la plusvalía generada. En estos casos, hay que valorar cuidadosamente los posibles impuestos sobre ganancias de capital y los tributos relacionados con transmisiones patrimoniales o análogos.
Por último, para inversores institucionales como fondos de pensiones, es vital garantizar un flujo estable y eficiente de repatriación de capital y rendimientos. Una estrategia de financiación adecuada, combinada con una buena planificación de retenciones en origen, convenios de doble imposición y mecanismos de distribución de dividendos, resulta determinante para que el producto sea competitivo frente a otras alternativas de inversión sostenible.
Las inversiones en capital natural, por tanto, combinan retornos potencialmente atractivos con riesgos específicos que van desde la ejecución técnica del proyecto, pasando por la regulación ambiental, hasta las implicaciones fiscales multinivel. Los gestores de activos deben estar preparados para abordar este conjunto de desafíos si quieren posicionarse de manera sólida en este nuevo segmento de mercado.
En conjunto, el capital natural ha pasado de ser un concepto teórico a constituir un eje estratégico para las finanzas sostenibles, la gestión del riesgo sistémico y la competitividad a largo plazo. Integrar la naturaleza en las decisiones económicas, medir su valor, estructurar inversiones específicas y entender bien el marco regulatorio y fiscal se ha vuelto imprescindible para los actores financieros que quieran liderar la transición hacia un modelo económico capaz de generar prosperidad sin seguir deteriorando el activo más importante del que dependemos: la propia naturaleza.
