- China es la segunda economía mundial, con un modelo basado en inversión masiva, exportaciones y acumulación de reservas que la ha convertido en gran potencia manufacturera y tecnológica.
- Su estructura productiva combina una agricultura aún relevante, una industria que lidera múltiples cadenas globales y unos servicios en rápida expansión, con fuerte peso del comercio electrónico y las finanzas.
- El país afronta desequilibrios como alta deuda, crisis inmobiliaria, sobrecapacidad industrial y débil consumo interno, al tiempo que se intensifica el proteccionismo internacional ante su avance en tecnologías verdes.
- La evolución futura dependerá de su capacidad para reequilibrar el modelo hacia un mayor protagonismo del consumo doméstico y para mantener su influencia global en un contexto geopolítico cada vez más tenso.
China se ha convertido en las últimas décadas en una pieza absolutamente central de la economía mundial, pasando de ser un país mayoritariamente rural y pobre a situarse como gran potencia industrial, tecnológica y comercial. Hoy, cualquier movimiento económico en el gigante asiático se deja notar en Europa, Estados Unidos, África o Latinoamérica, tanto en los mercados financieros como en los precios de la energía, de las materias primas o de los productos de consumo diario.
Con una población que supera los 1.400 millones de habitantes y una estructura productiva muy diversificada, la economía china combina un fuerte peso del Estado con una intensa apertura al exterior, una especialización industrial apabullante y una creciente influencia geopolítica basada en su capacidad inversora, su papel exportador y su dominio de tecnologías clave de la transición energética.
Situada en el este de Asia, China cuenta con una extensión de 9.562.910 km2, lo que la sitúa entre los países más grandes del planeta, con una geografía muy diversa que abarca desde grandes llanuras agrícolas hasta zonas montañosas y desérticas. Su capital política es Pekín y la moneda oficial es el yuan (renminbi), que juega un papel cada vez mayor en el comercio internacional, aunque aún está lejos de desbancar al dólar.
En términos demográficos, el país alberga aproximadamente 1.408 millones de habitantes y mantiene una densidad media de unas 147 personas por km2, con un peso muy reducido de la inmigración extranjera. Es, por tanto, uno de los territorios más poblados del mundo, lo que le proporciona un enorme mercado interno, pero también grandes retos sociales, laborales y de provisión de servicios públicos.
Si se mira el bienestar material de sus ciudadanos, el PIB per cápita de China se situó en torno a 12.304 euros (unos 13.313 dólares) por persona en 2024, lo que la coloca en posiciones intermedias-bajas dentro del ranking global (alrededor del puesto 76 de 196 países). Este dato indica que, pese a su tamaño económico total, el nivel de vida medio continúa siendo relativamente modesto en comparación con las economías avanzadas.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH) de Naciones Unidas, que combina ingresos, salud y educación, ubica al país en torno al puesto 75 del mundo, reflejando una mejora muy notable desde los años ochenta pero todavía con margen de avance, especialmente en la protección social y en la reducción de desigualdades entre regiones urbanas y rurales.
China como segunda potencia económica mundial
En términos de tamaño agregado, China es hoy la segunda economía del mundo por volumen de PIB nominal, solo por detrás de Estados Unidos. Según las estimaciones recientes, el valor de su producción rondó los 18,7 billones de dólares en 2024, con previsiones de seguir aumentando en los próximos años hasta superar los 23 billones de dólares a medio plazo si se cumplen las proyecciones del FMI.
La trayectoria de crecimiento ha sido impresionante: desde finales de los años setenta, cuando Deng Xiaoping impulsó las reformas de apertura y modernización económica, el país ha multiplicado su renta per cápita casi por 30, pasando de una economía centrada en la agricultura de subsistencia a un tejido productivo complejo, con fuerte presencia de la industria manufacturera, los servicios, las tecnologías avanzadas y un pujante consumo interno urbano.
Esta transformación permitió que, cuando estalló la crisis financiera global de 2008, China estuviera ya en posición de actuar como uno de los grandes motores de la economía mundial, gracias a su enorme capacidad de inversión pública, su reserva de mano de obra y su papel como superpotencia exportadora. No por casualidad, muchos analistas han hablado del «milagro económico chino».
En los últimos años, en cambio, el ritmo se ha moderado. Tras crecer un 5,3% en 2023, la economía china avanzó alrededor del 4,8%-5% en 2024, un porcentaje todavía superior a la media mundial (en torno al 3,2%), pero sensiblemente por debajo de las tasas de dos dígitos de décadas anteriores. Para 2025, las previsiones sitúan el aumento del PIB cerca del 4%-4,6%, reflejando una etapa de crecimiento más contenido en un contexto de envejecimiento demográfico, crisis inmobiliaria y enfriamiento de la demanda global.
Coyuntura macroeconómica reciente: crecimiento, inflación y deuda
La evolución más reciente muestra un cuadro mixto: la actividad económica se mantiene dinámica en algunos sectores, como la industria de alta tecnología y las infraestructuras, mientras que otros, como el inmobiliario o el consumo privado, avanzan con más dificultad. El apoyo público ha sido clave para sostener el crecimiento, pero también ha incrementado los desequilibrios fiscales.
En 2024, la deuda pública de China alcanzó aproximadamente el 88,3% del PIB, con un volumen cercano a los 15,3 billones de euros (unos 16,56 billones de dólares), lo que sitúa al país entre los de mayor endeudamiento en términos absolutos. El endeudamiento per cápita ronda los 10.867 euros (11.759 dólares) por habitante, cifras elevadas para una nación con un nivel de renta media aún modesto.
El déficit fiscal consolidado se situó alrededor del 7% del PIB en 2024, frente al 6,3% del año anterior, y se prevé que continúe en niveles cercanos u incluso superiores en los próximos ejercicios, según las estimaciones del FMI. El aumento del gasto público para sostener la inversión en infraestructuras y para rescatar gobiernos locales muy endeudados ha sido determinante.
En paralelo, el Gobierno central aprobó un gran paquete de apoyo financiero a las administraciones locales, cercano a 10 billones de yuanes, elevando el techo de deuda y ampliando la capacidad de emisión de bonos especiales con el objetivo de refinanciar pasivos ocultos, especialmente los acumulados a través de los vehículos de financiación de gobiernos locales (LGFV). Esta estrategia busca suavizar los riesgos de crisis de deuda subnacional y preservar la estabilidad del sistema financiero.
En materia de precios, el país vive un entorno de inflación muy contenida, cercana al 0,2%-0,4% interanual en 2024, con episodios puntuales de inflación negativa. Este comportamiento responde a una demanda interna relativamente débil y a la existencia de sobrecapacidad en varios sectores industriales, lo que presiona los precios a la baja. Para los próximos años, los organismos internacionales esperan que la inflación repunte de forma gradual hacia niveles en torno al 1,5%-2%, siempre que logre dinamizarse el consumo.
Respecto al mercado laboral, la tasa de paro oficial se mantiene alrededor del 5,1% de la población activa, cifra estable en el horizonte de previsión. No obstante, muchos especialistas señalan que este dato infraestima el desempleo real, ya que se centra en áreas urbanas y no recoge bien la situación de millones de trabajadores migrantes internos que se mueven entre el campo y la ciudad.
Estructura productiva: agricultura, industria y servicios
La economía china se apoya en una estructura sectorial muy diversificada, donde la agricultura mantiene todavía cierto peso, la industria manufacturera juega un papel protagonista y los servicios se han convertido en la principal contribución al PIB. Este equilibrio, sin embargo, está en constante transformación, con un claro giro hacia actividades de mayor valor añadido.
En el ámbito agrícola, alrededor del 22% de la población ocupada trabaja en el campo, aunque la agricultura apenas genera un 6,8%-7,1% del PIB, lo que refleja una productividad más baja que en otros sectores y un fuerte proceso de modernización en marcha. Solo aproximadamente el 15% del territorio es cultivable, pero el país es el primer productor mundial de cereales, arroz, patatas, algodón y té, además de liderar la ganadería porcina y ovina y la pesca y acuicultura.
La cosecha de cereales de 2024 alcanzó un récord de más de 706 millones de toneladas, gracias a un ligero aumento de la superficie sembrada (por encima de 119 millones de hectáreas) y a una mejora del rendimiento por hectárea. Aumentaron en particular la producción de arroz, trigo y maíz, mientras que la soja retrocedió ligeramente. Esta expansión se sustenta en programas de modernización, mecanización y mejora genética de los cultivos.
El sector industrial aporta alrededor del 36%-38,3% del PIB y ocupa en torno al 31%-32% de los trabajadores, consolidando a China como gran plataforma manufacturera mundial. El país es líder global en maquinaria, electrónica, textil, confección, acero y automóviles, y más de la mitad de sus exportaciones las realizan empresas con capital extranjero que se han instalado allí atraídas por los costes laborales competitivos y una logística muy desarrollada.
En 2024, el valor añadido de la producción industrial creció casi un 5,8% interanual, con un avance significativo de la industria manufacturera, la minería y los sectores de energía, gas y agua, y con un dinamismo especialmente fuerte en la fabricación de equipos y en la alta tecnología, que crecen por encima de la media y van ganando peso dentro del conjunto.
Por su parte, los servicios suponen ya alrededor del 54%-57% del PIB y emplean a casi la mitad de la fuerza laboral (en torno al 46%), consolidándose como el gran motor de la economía urbana. Dentro de este bloque destacan las finanzas, la logística, la educación, la sanidad, el turismo, el comercio mayorista y minorista y, en particular, el comercio electrónico, donde gigantes como Alibaba o JD.com han convertido a China en uno de los mercados digitales más grandes del planeta.
La producción de servicios de valor añadido avanzó cerca del 4,7% interanual en los primeros trimestres de 2024, con un crecimiento de doble dígito en actividades de transmisión de información, software y servicios de TI, y fuertes incrementos también en hostelería y restauración tras la reapertura posterior a las restricciones sanitarias.
El modelo de crecimiento: inversión masiva, exportaciones y reservas
El actual modelo económico chino se fue fraguando tras la crisis política de Tiananmen en 1989 y las turbulencias financieras asiáticas de 1997, momentos en los que el Partido Comunista decidió redoblar la apuesta por la reforma económica y la apertura para asegurar estabilidad social y blindarse frente a choques externos.
A partir de esa experiencia, las autoridades concluyeron que el país necesitaba un superávit comercial estructural y grandes reservas de divisas para protegerse de fugas de capital y crisis cambiarias, como las que derribaron a otras economías asiáticas que carecían de colchones suficientes. La receta fue clara: crecer exportando y acumular dólares, euros y otras divisas como escudo geopolítico.
El modelo se apoya en cuatro pilares básicos: una inversión gigantesca canalizada por bancos estatales hacia fábricas e infraestructuras; contención de salarios y una red limitada de protección social que fomenta el ahorro de los hogares; fuerte orientación exportadora, produciendo ante todo para el mercado mundial; y acumulación sostenida de reservas en divisas extranjeras. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 abrió de par en par los mercados desarrollados a sus productos.
Durante la década de 2000, las zonas económicas especiales se llenaron de plantas de ensamblaje de bienes de bajo y medio valor añadido (textil, calzado, juguetes, electrónica de consumo), muchas de ellas de capital extranjero. El resultado fue el llamado «primer shock chino»: una avalancha de productos baratos inundó los países industrializados, erosionando parte de su base manufacturera pero abaratando el coste de la vida de sus consumidores.
Tras la crisis global de 2008, y ante un desplome de la demanda occidental, el Gobierno desplegó el mayor paquete de estímulo de su historia, volcando la inversión en construcción, ferrocarriles, carreteras, presas y redes eléctricas, y provocando un boom del ladrillo sin precedentes. Entre 2011 y 2013, China llegó a consumir más cemento que Estados Unidos en todo el siglo XX, y el sector inmobiliario pasó a representar cerca de un tercio de su PIB directo e indirecto.
Del ladrillo a las tecnologías verdes: reconversión del motor de crecimiento
El auge inmobiliario, sin embargo, generó un exceso de capacidad brutal y un endeudamiento altísimo de promotores y gobiernos locales, que empezaron a financiarse masivamente con la venta de suelo urbano y proyectos de vivienda. Para aliviar el desequilibrio, en 2013 se lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta (la llamada Nueva Ruta de la Seda), orientando constructoras y siderúrgicas a grandes infraestructuras en Asia, África o Europa del Este, financiadas en buena medida con crédito público chino.
Este mecanismo permitía que el exceso interno de cemento, acero y maquinaria encontrara salida en autopistas, puertos, ferrocarriles o presas en terceros países, reforzando al mismo tiempo la influencia política y económica de Pekín sobre sus socios. Pero la burbuja del ladrillo empezó a pinchar a partir de 2021, con la crisis de gigantes como Evergrande y la restricción del crédito al sector, lo que provocó fuertes caídas anuales de la inversión inmobiliaria, superiores al 10% entre 2022 y 2024.
Ante este escenario, China necesitaba reorientar otra vez su motor de crecimiento. En este contexto encaja la apuesta estratégica por la industria de alta tecnología y, en especial, por las tecnologías verdes, impulsada desde planes como «Made in China 2025» y la noción de «nuevas fuerzas productivas» para un desarrollo de alta calidad, presentada con fuerza a partir de 2024.
El país ha redirigido capital masivo hacia sectores como la fabricación de paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, equipos de energía renovable o componentes electrónicos avanzados, con resultados espectaculares: en 2024, las tecnologías ligadas a la energía limpia ya representaban más del 10% de la economía nacional, y en el primer semestre de 2025 China instaló más capacidad solar que el resto del mundo junto.
La producción de vehículos eléctricos también se ha disparado: para 2025 se espera alcanzar alrededor de 16,5 millones de unidades fabricadas, muy por encima de la producción estadounidense de todo tipo de vehículos, lo que confirma la supremacía de firmas chinas como BYD en este mercado. No obstante, el modelo vuelve a reproducir el viejo problema: exceso de oferta, caída de precios y márgenes empresariales cada vez más estrechos.
En sectores como el polisilicio o ciertos componentes de baterías, la utilización de capacidad productiva cae muy por debajo del 50%, dando lugar a guerras de precios que las autoridades denominan «involución», es decir, competencia feroz entre empresas que siguen ampliando plantas y bajando precios incluso cuando los beneficios se hunden.
Para frenar esta dinámica, el Gobierno está impulsando fusiones, consolidación sectorial y normas que limiten las campañas agresivas de descuentos, orientando el crédito y los subsidios hacia grandes grupos estatales o «campeones nacionales» capaces de dominar los mercados globales. Aun así, la sobrecapacidad se ha vuelto estructural y, de nuevo, la válvula de escape es el exterior, justo cuando las potencias occidentales levantan más barreras comerciales.
Exportaciones, superávit comercial y externalización de capacidad
China mantiene desde hace años un superávit comercial abultado y se sitúa como el principal exportador del planeta, con una facturación exterior que supera los 3,1 billones de euros anuales, a pesar de que en 2023 sus exportaciones retrocedieron algo más de un 7% por el enfriamiento de la demanda global.
El país no solo vende una enorme variedad de bienes de consumo e industriales, sino que ejerce una influencia decisiva en los precios de materias primas y en sectores como el agrícola, el pesquero o el tecnológico, hasta el punto de ser considerado la «fábrica del mundo». En el ámbito agrícola, por ejemplo, domina la producción de cereales, té o algodón; en la ganadería y la pesca, lidera muchos de los segmentos clave; y en la industria manufacturera concentra una tercera parte de la producción mundial.
En el campo del comercio electrónico, las ventas minoristas en línea en China superaron los 2,6 billones de dólares en 2023, casi la mitad de las transacciones digitales mundiales, lo que ilustra el peso de sus plataformas y el grado de digitalización del consumo interno. Además, la Unión Europea depende en gran medida de las importaciones chinas de materias primas críticas, como las tierras raras, el magnesio o ciertos componentes esenciales para la energía renovable y la industria aeroespacial.
Ante el aumento de aranceles y medidas proteccionistas en Estados Unidos, la Unión Europea y otros países emergentes, China está reconfigurando su estrategia exterior. Cada vez es más habitual que las empresas chinas instalen fábricas en terceros países (Indonesia, Marruecos, Hungría, Brasil, México, Turquía…) para producir localmente y saltarse parte de las barreras comerciales, o que utilicen socios como Vietnam o Marruecos para reexportar productos hacia los grandes mercados desarrollados.
Desde 2022, compañías chinas han firmado proyectos vinculados a tecnologías verdes en el extranjero por más de 210.000 millones de dólares, lo que supera en valor actual al histórico Plan Marshall. Se trata de plantas de baterías, factorías de vehículos eléctricos, parques solares o proyectos de hidrógeno verde que permiten trasladar al exterior la capacidad sobrante y, al mismo tiempo, generar dependencia tecnológica y financiera de los países receptores con respecto a China.
Relaciones comerciales de China con España y oportunidades empresariales
En el caso español, la balanza comercial con China presenta un fuerte desequilibrio a favor del gigante asiático, ya que por cada euro que España exportó allí en 2024, importó alrededor de siete. Las compras procedentes de China alcanzaron unos 45.174 millones de euros, mientras que las ventas españolas al mercado chino apenas se situaron en 7.467 millones.
Esta descompensación implica una tasa de cobertura aproximada del 16,5%, lo que refleja un amplio margen para aumentar las exportaciones españolas, más aún si se tiene en cuenta que lo que España vende a China representa tan solo cerca del 2% de su compra total al exterior, y que el país asiático ocupa, por volumen de negocio, el puesto doce entre los socios comerciales españoles.
Desde el punto de vista sectorial, China es un proveedor clave para España en bienes de equipo, maquinaria, textil, confección, manufacturas de consumo, semimanufacturas y, cada vez más, automóviles de bajo coste, que están ganando cuota de mercado en Europa. A cambio, España destaca como suministrador de productos químicos, cárnicos, minerales, bienes de equipo, componentes de automoción y diversas manufacturas de calidad.
El potencial de crecimiento de estas relaciones ha llevado a instituciones como la Cámara de Comercio de Madrid a reforzar su presencia en China, especialmente en sectores con gran demanda como la alimentación de alta gama (porcino, fruta fresca), la sanidad, los productos farmacéuticos y cosméticos, las energías renovables, la movilidad eléctrica o las soluciones tecnológicas avanzadas.
Para facilitar la implantación de empresas españolas, la Cámara ofrece servicios específicos, entre ellos el apoyo para registrar compañías en el país, tramitar autorizaciones sanitarias, proteger marcas comerciales en China y superar barreras idiomáticas o culturales mediante servicios de traducción y asesoramiento local especializado, con el objetivo de reducir los riesgos y acelerar el acceso al enorme mercado chino.
Un instrumento especialmente relevante es la Oficina de Representación que la Cámara de Madrid y la institución ferial IFEMA abrieron en Shanghái en 2006, que actúa como plataforma de apoyo para la internacionalización de las empresas madrileñas y españolas en general. Esta oficina presta servicios de prospección comercial, resolución de consultas regulatorias, búsqueda de socios locales, implantación física y acompañamiento en ferias y eventos empresariales.
Gracias al trabajo conjunto de equipos españoles y chinos, las relaciones empresariales entre Madrid y el gigante asiático se han ido consolidando, ayudando a posicionar a la región como polo receptor de inversión extranjera, al tiempo que las firmas españolas ganan presencia en sectores estratégicos dentro de China. Para muchas pymes, contar con un aliado institucional de este tipo marca la diferencia a la hora de entrar en un entorno tan competitivo y complejo.
Retos internos: consumo, desigualdad y sostenibilidad del modelo
Pese a sus impresionantes logros, la economía china se enfrenta a varios desafíos internos que condicionarán su evolución futura, empezando por la necesidad de reducir la dependencia de la inversión y de las exportaciones, y de impulsar el consumo de los hogares como nuevo pilar del crecimiento.
Durante décadas, el país se ha apoyado en un esquema en el que los salarios crecían menos que la productividad y la red de bienestar era limitada, lo que obligaba a muchas familias a ahorrar una parte importante de sus ingresos para hacer frente a gastos sanitarios, educativos o a la jubilación. Ello reducía la proporción del consumo privado en el PIB y favorecía la inversión y la exportación neta como motores principales.
Consciente de ese desequilibrio, el Gobierno lleva tiempo anunciando su intención de reforzar la sanidad pública, ampliar las pensiones, mejorar las transferencias sociales y elevar los salarios, enmarcando estas políticas en iniciativas como la «prosperidad común», lanzada en 2021. El próximo plan quinquenal 2026-2030 debería concretar medidas adicionales para fortalecer la demanda interna.
Sin embargo, transformar el modelo no es solo una cuestión económica, sino también política. El sistema actual genera ganadores muy poderosos: gobiernos locales que dependen de la venta de suelo para financiarse, grandes empresas estatales que viven del crédito barato y élites del Partido Comunista cuya carrera está ligada al crecimiento del PIB, por lo que existe una resistencia estructural a cambios que puedan limitar el peso de la inversión y redistribuir más renta hacia los hogares.
Al mismo tiempo, el envejecimiento acelerado de la población, las desigualdades entre zonas urbanas y rurales, la elevada deuda de algunos sectores y la presión internacional por la sobrecapacidad y el proteccionismo añaden complejidad al panorama. El éxito o fracaso de las reformas orientadas a fomentar el consumo interno y a estabilizar el sistema financiero definirá en buena medida el papel que China jugará en la economía mundial de las próximas décadas.
Mirando el conjunto, la economía china ha demostrado una enorme capacidad de adaptación, pasando de la agricultura al ladrillo y de ahí a las tecnologías verdes y digitales, y convirtiendo muchas veces sus desequilibrios internos en instrumentos de influencia global; la gran incógnita ahora es si logrará combinar ese liderazgo industrial y tecnológico con un modelo más equilibrado, menos dependiente de la inversión desbocada y más centrado en el bienestar de su población, en un entorno internacional cada vez más tenso y competitivo.
