- Las economías populares agrupan actividades de pequeña escala centradas en la reproducción de la vida, con fuerte peso del trabajo no asalariado y de los cuidados.
- Son una respuesta a crisis múltiples y a la precarización del empleo formal, combinando interdependencia, competencia, cooperación y disputas políticas.
- Su desarrollo implica retos de reconocimiento, protección social y acceso a financiamiento justo, así como vínculos complejos con el Estado y la regulación.
- Experiencias como el reciclaje inclusivo muestran el potencial de estas economías para generar empleo digno, economía circular e institucionalidad popular propia.

Las economías populares se han convertido en uno de los grandes temas de debate cuando hablamos de trabajo, desigualdad y futuro en América Latina y otras regiones del mundo. Lejos de ser un fenómeno marginal o pasajero, forman parte del corazón de cómo millones de personas se las ingenian para vivir, producir y sostener la vida en contextos de crisis permanentes.
Más allá de los tópicos sobre “informalidad” o “rebusque”, las economías populares son tramas complejas de relaciones laborales, afectivas, territoriales, productivas y políticas. En ellas se mezclan supervivencia, creatividad, conflicto, cooperación, memorias organizativas y, también, disputas por lo común y por nuevas maneras de entender el trabajo, los cuidados y el vínculo con la naturaleza.
¿Qué son las economías populares y qué las hace diferentes?
Cuando hablamos de economía popular nos referimos a un conjunto muy amplio de actividades y oficios de escala reducida, que pueden ser individuales, familiares o asociativos, casi siempre con poca inversión de capital y con alta intensidad de trabajo humano. No se organizan con la lógica clásica de la gran empresa capitalista, centrada en la acumulación de beneficios, sino en la reproducción de la vida y la satisfacción de las necesidades básicas de quienes participan en ellas.
En este universo se encuentran desde vendedores ambulantes, feriantes, recicladores de base, artesanas, cuidadoras comunitarias y pequeñas unidades de producción textil o alimentaria, hasta cooperativas barriales, asociaciones de campesinos o redes urbanas de trueque. Su razón de ser inmediata es garantizar ingresos para comer, pagar la vivienda, acceder a la salud y sostener a la familia, muchas veces en ausencia total de un empleo asalariado formal.
Estas formas de trabajo y producción se desarrollan tanto en las ciudades como en el campo y en las zonas intermedias, en esas interfaces urbano-rurales donde se mezclan prácticas campesinas con dinámicas urbanas. Aunque se las suele asociar al “informalismo”, en realidad combinan elementos de la economía formal, informal, comunitaria y hasta estatal, generando arreglos híbridos que no encajan del todo en las categorías económicas tradicionales.
Es importante subrayar que en las economías populares no solo se producen bienes y servicios: también se tejen lazos afectivos, identitarios y políticos. Son espacios donde se construyen pertenencias, se reafirman memorias organizativas y se abren horizontes de futuro, incluso de transición hacia otras formas de sociedad y de organización económica.

Transformaciones del trabajo y contexto de crisis múltiples
Las economías populares se expanden en un escenario de profundas transformaciones del trabajo y de la acumulación de capital. En las últimas décadas, la precarización, la externalización de tareas, la automatización y el avance de plataformas digitales han reducido las oportunidades de empleo estable y con derechos para grandes sectores de la población.
En este contexto, millones de personas quedan fuera del mercado laboral formal o solo acceden a él de forma esporádica. La economía popular se convierte entonces en una salida de emergencia, pero también en un espacio donde se inventan nuevas formas de organización del trabajo, se negocian tiempos y se buscan márgenes de autonomía frente a empleos cada vez más inestables.
Estas dinámicas no se entienden sin tener en cuenta las crisis entrelazadas que atraviesan la región: crisis sociales, económicas, ecológicas y políticas. A la pobreza y la desigualdad persistentes se suma el deterioro ambiental, los conflictos territoriales, las deudas impagables y la inestabilidad institucional. Todo ello empuja a las personas a activar redes familiares y comunitarias, a migrar, a improvisar estrategias económicas en múltiples frentes.
Las economías populares son, en ese sentido, una forma de estabilización precaria: permiten sobrevivir en medio de la tormenta, pero al mismo tiempo son escenarios de disputa, donde se ensayan prácticas colectivas, luchas sindicales novedosas, redes de apoyo mutuo y reclamos por derechos ante el Estado y el capital.
Características clave de la economía popular
Una de las notas distintivas de la economía popular es su baja escala y capitalización. Hablamos de pequeños puestos callejeros, microtalleres en viviendas, cooperativas que comparten herramientas básicas, parcelas campesinas reducidas o grupos que reciclan materiales con medios muy limitados. La inversión en maquinaria o tecnología suele ser mínima y los márgenes económicos, ajustados.
En estas actividades, el centro no es el capital sino el trabajo vivo y las habilidades de las personas. Se valoran la experiencia práctica, la capacidad de “buscarse la vida”, los saberes comunitarios y las redes de apoyo. La organización del tiempo de trabajo se mezcla con las tareas de cuidado y con la vida doméstica, difuminando las fronteras entre “trabajar” y “vivir”.
Buena parte de estas prácticas se desarrollan fuera de la regulación estatal o de manera parcial: sin alta en la seguridad social, sin registro formal de la actividad, con tributos que se pagan de forma irregular o mediante tasas municipales informales. Aun así, el debate actual apunta a la formalización progresiva, pero entendida no solo como papel y trámites, sino como acceso efectivo a derechos, protección social y reconocimiento.
Las economías populares abarcan una enorme diversidad de oficios: venta ambulante de comida o ropa, comercio minorista en mercados, producción artesanal, reciclaje y recuperación de residuos, servicios personales, transporte informal, actividades agrícolas de pequeña escala, trabajos de autoconsumo y tareas comunitarias vinculadas al cuidado, la alimentación o la vivienda.
La lógica de fondo suele ser la subsistencia cotidiana. Los ingresos se generan día a día, muchas veces sin colchón de ahorro, por lo que cualquier imprevisto (enfermedad, represión policial, malas ventas, cambios climáticos) puede desestabilizar de golpe la economía doméstica. Sin embargo, a pesar de estas vulnerabilidades, este sector sostiene a millones de hogares que el mercado formal sencillamente deja fuera.
Relaciones de interdependencia, reciprocidad, competencia y cooperación
Una de las ideas más potentes que surge de la investigación sobre economías populares es que en ellas conviven, de forma a veces tensa, interdependencia, reciprocidad, competencia y cooperación. No se trata solo de mercados donde cada cual mira por sí mismo, ni tampoco de comunidades idílicas donde todo se comparte sin conflicto.
En un mismo circuito económico pueden encontrarse relaciones de solidaridad (como préstamos entre vecinas, apoyo para cuidar criaturas mientras otra persona sale a vender, o compra conjunta de insumos) junto a dinámicas de fuerte competencia por clientes, espacios de venta o acceso a mercadería. Esta mezcla hace que las economías populares sean a la vez espacios de cuidado y de disputa.
Además, estos entornos no se limitan a las calles y mercados visibles. Se despliegan en patios, cocinas, casas prestadas, plazas, redes digitales, almacenes barriales y fincas campesinas. Constituyen una verdadera espacialidad de intersección donde se cruzan economías físicas (productos concretos), afectivas (vínculos), identitarias (pertenencia étnica, de género, de clase), productivas (trabajos específicos) y colectivas (organizaciones, movimientos, luchas).
Las economías populares también están atravesadas por temporalidades largas: arrastran historias de organización sindical o barrial, memorias de cooperativas, luchas por la tierra, experiencias de migración, procesos de urbanización de décadas. No nacen de cero con cada crisis; más bien reactivan saberes y estructuras que vienen de atrás y se reacomodan a nuevos escenarios.
Por eso, sus prácticas no aparecen solo en periodos de recesión o austeridad. Se sostienen también en momentos de bonanza relativa, adaptándose a las idas y vueltas de las políticas públicas, a los cambios en los precios, a las transformaciones urbanas y a las nuevas formas de consumo.
Economía popular, reproducción social y perspectiva feminista
Hablar de economías populares sin tener en cuenta la reproducción social y las economías de cuidado sería quedarse muy corto. Buena parte de estas actividades recae en mujeres, que combinan trabajos de venta, elaboración de alimentos, limpieza o reciclaje con la crianza, el cuidado de personas mayores o enfermas y la gestión cotidiana del hogar.
Desde la economía feminista, se ha insistido en que los trabajos domésticos y de cuidado, muchas veces no remunerados o mal pagados, son esenciales para que cualquier economía funcione, incluida la popular. Sin esos esfuerzos invisibles, las personas simplemente no podrían salir a vender, a cosechar, a recolectar o a producir. Por eso, los cuidados no son un “extra”, sino un componente central de estas tramas.
Incorporar una perspectiva de género implica reconocer cómo se distribuyen las cargas de trabajo entre hombres y mujeres, quién asume las tareas menos valoradas, cómo se combinan la violencia de género, la pobreza y la discriminación en estos contextos, y qué formas de organización colectiva impulsan las mujeres para mejorar sus condiciones.
Las economías populares también se cruzan con la ecología política, ya que muchas de sus actividades dependen directamente de los territorios, de los ciclos de la naturaleza, del acceso al agua, a la tierra o a los residuos urbanos. La recolección y clasificación de basura reciclable, la agricultura familiar o la venta de productos frescos en mercados populares son ejemplos claros de estas intersecciones.
Entender estas conexiones permite ver cómo en las economías populares se producen y reproducen ciertas materialidades y ontologías: formas concretas de relacionarse con la naturaleza, de valorar los recursos, de entender lo común y de imaginar futuros posibles que no pasan únicamente por la lógica extractivista o por el empleo asalariado clásico.
Migraciones, infraestructuras populares e institucionalidad propia
Otro rasgo clave de las economías populares es su fuerte vínculo con los circuitos migratorios. Personas que se desplazan del campo a la ciudad, de un país a otro o dentro de una misma región encuentran en estas tramas económicas una vía para generar ingresos cuando el mercado formal les cierra la puerta por su situación documental, edad, género, idioma o nivel educativo.
Los trabajadores y trabajadoras migrantes suelen desarrollar estrategias muy creativas: redes de envío de remesas, cadenas de distribución de productos “de la tierra”, pequeñas cocinas de comida tradicional, oficios itinerantes, venta callejera en zonas de alto tránsito, entre muchas otras. Estas estrategias se apoyan en vínculos comunitarios y étnicos, así como en acuerdos tácitos con otros actores del territorio.
En paralelo, se crean y consolidan lo que podemos llamar infraestructuras populares: mercados informales, paradas y rutas de transporte alternativo, centros de acopio de reciclaje, galpones comunitarios, espacios de encuentro barrial, redes logísticas improvisadas que conectan campo y ciudad. Estas infraestructuras, aunque a menudo precarias, hacen posible la circulación cotidiana de bienes y personas.
Con el tiempo, estas prácticas van generando una institucionalidad popular propia: organizaciones de base, cooperativas, asociaciones de vendedores ambulantes, sindicatos de recicladores, movimientos de cartoneros, organizaciones campesinas, asambleas de vecinos. No son simples “informalidades desorganizadas”, sino ensamblajes colectivos con reglas, liderazgos, normativas internas y formas de representación.
Esta institucionalidad popular es clave cuando hay que negociar con el Estado, con las autoridades municipales, con empresas o con fuerzas de seguridad. Permite articular demandas, impulsar políticas de reconocimiento, acceder a programas de apoyo o defender el derecho a ocupar el espacio público y los territorios donde se desarrolla la actividad económica.
Relación con el Estado, las políticas públicas y las finanzas
Las economías populares mantienen una relación ambivalente con el Estado y con las políticas públicas. Por un lado, muchas veces son objeto de persecución (desalojos de vendedores, decomisos de mercadería, criminalización del reciclaje informal). Por el otro, se las quiere incorporar como “beneficiarias” de programas de alivio social, de fomento productivo o de formalización.
Un gran desafío de las políticas públicas actuales es reconocer a este sector no solo como población vulnerable, sino como sujeto colectivo con derechos y capacidad organizativa. Eso implica diseñar medidas que faciliten la inclusión productiva y la protección social, sin destruir la flexibilidad y las redes de apoyo que le dan vida a estas economías.
En el plano financiero, las economías populares se mueven entre lógicas formales e informales. La falta de historial crediticio, garantías o documentación hace que muchas personas recurran a mecanismos de financiación muy costosos y riesgosos, como préstamos “gota a gota”, usura o adelantos de mercadería a cambio de precios más bajos.
Al mismo tiempo, existen múltiples escalas de endeudamiento: desde pequeñas deudas familiares hasta créditos con bancos, cooperativas o programas estatales. Las dinámicas de especulación y extracción también atraviesan este universo, ya que intermediarios y grandes empresas pueden beneficiarse de la fragilidad financiera de los actores populares, comprando barato y vendiendo caro.
Por eso, cada vez cobra más relevancia el debate sobre cómo construir sistemas financieros más justos para la economía popular: bancos comunales, fondos rotatorios, microcréditos con tasas razonables, acceso a cuentas de ahorro, seguros, herramientas de pago digitales adaptadas y mecanismos de alivio de deuda que no supongan más carga y dependencia.
Impacto en la población vulnerable y retos estructurales
Para amplios sectores de la población, en especial quienes viven en situación de pobreza, exclusión o discriminación, la economía popular funciona como un pilar de subsistencia. Es la principal o incluso la única fuente de ingresos para personas desempleadas, migrantes, mujeres con cargas familiares, jóvenes sin experiencia laboral y adultos mayores que no acceden a una pensión digna.
Además de generar empleo, las economías populares ofrecen bienes y servicios a bajo coste para otros sectores empobrecidos: comida callejera más barata que en restaurantes formales, ropa de segunda mano, servicios de reparación asequibles, transporte informal que llega a donde no llegan los buses oficiales, productos frescos en mercados barriales, etc.
Otro aporte clave es el fomento de la autogestión. Muchas personas valoran poder organizar sus propios horarios, decidir cómo y dónde trabajar, negociar directamente con sus clientes y mantener cierto grado de autonomía frente a jefes o empresas. Aunque esta independencia suele ir acompañada de alta incertidumbre, también refuerza la autoestima y la agencia personal y colectiva.
Ahora bien, las vulnerabilidades son grandes. Los ingresos son muy inestables, dependen de factores externos difíciles de controlar (clima, represión, cambios de normativa, pandemias) y la falta de derechos laborales hace que no exista red de seguridad ante enfermedades, accidentes o vejez. La ausencia de protección social adecuada agrava cualquier golpe económico.
Si a esto sumamos las dificultades de acceso a crédito justo, la escasa capacitación técnica y la baja inversión en equipamiento, es fácil entender por qué muchas unidades productivas de la economía popular quedan atrapadas en un círculo de bajos ingresos y alta precariedad, incluso cuando trabajan largas jornadas y muestran gran capacidad de esfuerzo y creatividad.
Reciclaje inclusivo: un caso emblemático de economía popular
Dentro del universo de las economías populares, el reciclaje inclusivo se ha convertido en un caso paradigmático de cómo las políticas públicas pueden transformar una actividad estigmatizada en un trabajo reconocido y con mejores condiciones. Millones de personas en América Latina viven de recolectar, clasificar y vender materiales reciclables que, de otro modo, terminarían en vertederos.
Una de las primeras claves de este tipo de políticas es el reconocimiento formal de los recicladores y recicladoras de base. Esto implica censarlos, registrarlos y otorgarles credenciales o permisos que acrediten su labor, evitando que sean perseguidos o expulsados del espacio público. Al mismo tiempo, se impulsa el asociativismo: cooperativas, asociaciones o sindicatos que permitan mejorar su poder de negociación.
Otro eje fundamental es la mejora de las condiciones laborales y de vida. Hablamos de crear centros de acopio más seguros, plantas de clasificación con medidas de higiene adecuadas, acceso a equipamiento como carritos, triciclos o elementos de protección personal (guantes, mascarillas, botas) y, sobre todo, la posibilidad de acceder a esquemas de seguridad social adaptados a sus realidades.
Las políticas exitosas también apuestan por la formación y el fortalecimiento de capacidades: educación financiera para administrar mejor los ingresos y evitar endeudamientos abusivos, capacitación en clasificación avanzada de materiales, nociones básicas de gestión empresarial, marketing y logística, así como formación en salud y seguridad ocupacional para reducir riesgos.
Finalmente, se busca garantizar un acceso más directo a los mercados y a fuentes de financiación dignas. Esto pasa por establecer alianzas entre cooperativas de recicladores y empresas recicladoras o industrias que usan materia prima reciclada, diseñar programas de microcrédito con tasas justas, crear fondos rotatorios para compra de maquinaria y promover la preferencia por estas organizaciones en compras públicas vinculadas a la gestión de residuos.
En varias ciudades latinoamericanas, como Bogotá, Buenos Aires o numerosas urbes de Brasil, la integración de los recicladores en los sistemas formales de gestión de residuos ha demostrado resultados muy claros: mejora de la calidad ambiental mediante mayor recuperación de materiales, reducción de costes municipales al disminuir lo que va a vertederos, creación de empleo más digno y consolidación de circuitos de economía circular que reintroducen materiales en el ciclo productivo.
Producción de conocimiento y debates emergentes
La reflexión sobre economías populares no surge de la nada, sino de un intenso trabajo de investigación y escritura colectiva en América Latina y el Caribe. Existen compilaciones académicas que recogen miradas diversas sobre el tema, con autoras y autores que analizan casos urbanos, rurales, migratorios, de reciclaje, de organización sindical, de género y ecología política.
Estas investigaciones insisten en que las economías populares no son un fenómeno anecdótico ni residual, sino un campo estratégico para entender las transformaciones contemporáneas del trabajo y de la vida social. Nos enseñan que, en estos espacios, se entrecruzan escalas locales, nacionales y transnacionales, así como temporalidades históricas que van de las luchas campesinas a las plataformas digitales actuales.
La producción académica y militante sobre el tema ha dado lugar a colecciones editoriales específicas, orientadas a visibilizar a nuevas generaciones de investigadoras e investigadores. Se trata de abrir espacios donde se pongan en valor enfoques latinoamericanos, perspectivas generacionales frescas y objetos de estudio emergentes que, a menudo, han quedado fuera de la agenda de la investigación tradicional.
En estos libros se analizan en detalle las tramas cotidianas de las economías populares, sus conflictos internos, sus potencialidades, las disputas por reconocimiento, las tensiones con los Estados y las empresas, las nuevas formas de sindicalismo, la presencia de subjetividades feministas, migrantes, indígenas, campesinas y urbanas que reconfiguran el mapa político.
También se ofrecen recursos en acceso abierto, como publicaciones digitales y materiales de formación, que permiten que estos debates no se queden solo en ámbitos académicos, sino que lleguen a organizaciones sociales, movimientos populares y personas interesadas en comprender mejor estas realidades y aportar a su fortalecimiento.
Todo este entramado de prácticas, luchas, saberes y políticas muestra que las economías populares son mucho más que un “rebusque” al margen del sistema: son un terreno donde se juegan la supervivencia y la dignidad de millones de personas, donde se ensayan formas alternativas de organizar el trabajo, los cuidados y la relación con los territorios, y donde se abren preguntas incómodas pero necesarias sobre qué entendemos por desarrollo, progreso y bienestar colectivo hoy.