Historia de la sociología: de los orígenes al presente

Última actualización: noviembre 6, 2025
  • Desde la Antigüedad hasta Ibn Jaldún, la reflexión social anticipó categorías centrales de la sociología moderna.
  • La Ilustración y el positivismo (Sieyès, Comte, Durkheim) dotaron a la disciplina de nombre, método y objeto.
  • Escuelas y teorías (funcionalismo, conflicto, interaccionismo) ampliaron métodos y enfoques, del micro al macro.
  • La sociología urbana y los aportes latinoamericanos y argentinos consolidaron agendas propias de investigación.

historia de la sociología

La sociología no nació ayer; sus raíces vienen de muy lejos y atraviesan diversas culturas, épocas y debates. Aun así, la disciplina se consolida como ciencia relativamente reciente, con nombre, método y objeto de estudio claramente definidos desde el siglo XIX. Este recorrido explica cómo se gestó esa mirada sistemática sobre la vida en sociedad.

En las próximas líneas hacemos un viaje amplio, de la Grecia clásica al presente, pasando por el mundo islámico, la Ilustración, los grandes fundadores, los métodos de investigación, las corrientes teóricas y el desarrollo de la sociología urbana, con escalas en América Latina y Argentina. La idea es que tengas, en un solo texto, un mapa completo de autores, conceptos, enfoques y contextos que hicieron posible la historia de la sociología.

Raíces remotas y protosociología

Mucho antes de que existiera la palabra sociología, los clásicos ya se preguntaban por el orden social, el poder, las costumbres o el cambio. En la Grecia antigua, filósofos como Platón y cronistas e historiadores como Tucídides, Polibio o Heródoto hicieron observaciones que hoy encajaríamos, sin forzar, en nuestras categorías sociológicas. Gracias a esa tradición, podemos decir que la protosociología griega dejó nociones sobre ciudadanía, conflicto, instituciones y vida colectiva que seguimos discutiendo.

La Edad Media también aportó lo suyo. Pensadores de orientación teológica como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino o Marsilio de Padua reflexionaron sobre comunidad, autoridad y convivencia. En pleno siglo XI se documenta un hito metodológico muy llamativo: el Libro Domesday (1086), un censo o inventario ordenado por Guillermo I en Inglaterra. Ese registro, que recopiló datos poblacionales y de propiedad, funciona como antecedente de técnicas modernas, ya que la encuesta y el censo son hoy piezas básicas de la investigación social empírica.

Fuera de Occidente, en China, Confucio subrayó la importancia de los roles y la normatividad de las relaciones humanas, una intuición que entronca con el interés sociológico por la estructura social. Todas estas vetas, fragmentarias pero constantes, alimentan la idea de que el análisis social precede a la sociología como disciplina, aunque sin el aparato conceptual y metodológico que vendría después.

Aportes del mundo islámico medieval

En el siglo XIV, el intelectual norteafricano Ibn Jaldún (Ibn Khaldun) escribió la Muqaddimah, un texto monumental donde analizó la cohesión, el conflicto y los ciclos de ascenso y decadencia de los imperios. Allí desarrolló el concepto de asabiyya (solidaridad de grupo, clan o tribu), clave para explicar cómo se forman y desintegran las entidades políticas. También comparó las formas de vida nómadas y sedentarias, mostrando sus tensiones y complementariedades.

Que un autor medieval trace vínculos causales entre estructura social, cultura y poder es llamativo: no solo narra qué ocurrió, sino que propone por qué y cómo. Por eso, no son pocos quienes consideran a Ibn Jaldún precursor o “padre” de la sociología, en la medida en que ensaya un razonamiento social sistemático sobre cohesión, conflicto y cambio histórico.

Ilustración, Revoluciones y nacimiento del término

Con la Ilustración y, sobre todo, tras la Revolución francesa, lo social se convierte en un problema público de primer orden. Voltaire, Montesquieu y Giambattista Vico examinaron instituciones y leyes; Lord Kames se interesó por las causas del cambio social; y una corriente conservadora (Joseph de Maistre y Edmund Burke) criticó supuestos ilustrados, preocupándose por el orden y la estabilidad. En ese clima, la búsqueda de una “física social” preparó el terreno para el bautismo de la nueva ciencia.

El término “sociología” tiene una historia con matices. El abate Emmanuel-Joseph Sieyès empleó antes que nadie una forma temprana del vocablo; más tarde, Auguste Comte lo popularizó y lo imprimió en 1838 en su Curso de filosofía positiva. Entre una y otra figura se fragua la denominación moderna: combinar socius con la terminación -logía para nombrar el estudio sistemático de la sociedad. La etiqueta no fue un capricho: cerraba una apuesta por una ciencia positiva de lo social.

Junto a Comte, Henri de Saint-Simon defendió una teoría científica de los fenómenos sociales y habló de “fisiología social” y “física social”. En paralelo, Harriet Martineau –desatendida durante mucho tiempo como “madre fundadora”– propuso métodos de observación y análisis y tradujo (y sintetizó) la obra de Comte al inglés, facilitando su difusión. Sus libros de 1836 mostraron cómo aplicar una metodología empírica a la vida social y ampliaron las preocupaciones de la sociología naciente.

Fundadores, definiciones y primeras escuelas

El positivismo de Comte defendió conocer la sociedad con el mismo rigor que las ciencias naturales. A finales del XIX, Émile Durkheim consolidó la idea de tratar los hechos sociales “como cosas”: con distancia analítica, reglas de método claras y un objetivo de objetividad. Obras como La división del trabajo social o Las reglas del método sociológico instituyeron un programa para estudiar la cohesión, la norma y la anomia con herramientas comparativas y estadísticas.

Karl Marx, por su parte, incidió decisivamente en el pensamiento social al colocar el foco en la estructura económica, la lucha de clases y la crítica de la ideología. Desde otro ángulo, Herbert Spencer adaptó principios evolutivos a la sociedad, interpretando que sobreviven los grupos más aptos en un contexto competitivo; y Alexis de Tocqueville, con mirada comparada, analizó la democracia estadounidense y las transformaciones postrevolucionarias europeas. Todos ellos ampliaron el horizonte de la sociología, cada cual con un eje problemático característico.

También en el XIX, en Alemania, Lorenz von Stein incorporó la idea de “ciencia de la sociedad” y los “movimientos sociales” desde una perspectiva dinámica con influencia hegeliana. Y Max Weber, contemporáneo de Durkheim, articuló la sociología comprensiva, subrayando que las ciencias de la cultura requieren métodos interpretativos (verstehen) para captar el sentido subjetivo de la acción, en diálogo con la economía política, el derecho y la historia de las religiones.

Métodos: entre lo cuantitativo y lo cualitativo

La sociología se ha sostenido en una caja de herramientas variada. En el lado cuantitativo, predomina el énfasis en la medición precisa, el muestreo, la operacionalización de conceptos en indicadores y el control de sesgos. Instrumentos como las encuestas, los cuestionarios y las técnicas experimentales o cuasi-experimentales han sido centrales; más recientemente, el análisis de redes sociales y la historia de acontecimientos han ayudado a superar ciertas limitaciones de la mera medición.

El enfoque cualitativo, por otro lado, prioriza comprender procesos y significados en su totalidad contextual. La observación participante, las entrevistas en profundidad o el análisis etnográfico permiten captar los mundos de vida y la perspectiva de los actores. Esa estrategia, intensiva y situada, tiende a producir datos menos comparables entre culturas o periodos, pero gana en espesor analítico y en sensibilidad hacia el papel del investigador y la reflexividad en el trabajo de campo.

Grandes corrientes teóricas

Varias escuelas nutrieron el cuerpo teórico de la disciplina: la Francesa, la Inglesa, la de Chicago y la de Fráncfort, entre otras. A gran escala, suele hablarse de funcionalismo, teoría del conflicto, interaccionismo simbólico, fenomenología y socioconstruccionismo, además de líneas críticas como el posestructuralismo. Esta pluralidad hizo que el campo se consolidara como un mosaico de enfoques complementarios y en tensión.

El funcionalismo estructural –asociado a Durkheim y, más tarde, a Talcott Parsons y Robert K. Merton– concibe la sociedad como un sistema complejo con partes interdependientes que promueven la solidaridad y la estabilidad. Se interesó por normas, tradiciones e instituciones, y fue hegemónico en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Con el tiempo, su influencia declinó, a medida que otras teorías cuestionaron su tendencia a la estabilidad y el equilibrio.

El interaccionismo simbólico, de corte microsociológico, parte de que la identidad y los grupos emergen de la interacción comunicativa y del intercambio de significados. George H. Mead subrayó la socialización del yo; Herbert Blumer acuñó el enfoque; Erving Goffman analizó los rituales cotidianos desde una perspectiva dramatúrgica, redefiniendo el rol como un conjunto de expectativas organizadas. En una vena afín, la etnometodología de Harold Garfinkel estudió los métodos prácticos con los que las personas hacen comprensible el mundo, y fenómenos como el efecto Pigmalión en la escuela pusieron sobre la mesa cómo las expectativas influyen en resultados.

La teoría del conflicto, vinculada a tradiciones marxistas y neomarxistas, revalorizó el conflicto como motor de innovación social, frente a visiones que lo consideraban una patología. Michel Foucault analizó la imbricación entre saber y poder en instituciones como prisiones u hospitales; Jürgen Habermas distinguió entre racionalidad instrumental y comunicativa (sistema y mundo de la vida), y la teoría del intercambio –desde el conductismo de Homans hasta Peter Blau– estudió recompensas y costes en la formación de estructuras sociales complejas.

Además, Walter Buckley impulsó la teoría de sistemas en ciencias sociales, ofreciendo un vocabulario integrador capaz de abarcar niveles micro y macro. Un debate transversal ha sido la dicotomía estructura/acción: ¿determinación estructural o agencia? Pierre Bourdieu propuso su constructivismo genético (hábitus, capitales y campos), Anthony Giddens elaboró la teoría de la estructuración, y Habermas profundizó en la esfera pública y la comunicación. Estas líneas ofrecen respuestas distintas a cómo se reproduce y transforma el orden social y sus desigualdades.

Sociologías temáticas: rural, urbana y política

La sociología rural estudia comunidades campesinas y modos de vida vinculados a la tierra, con su entramado de tradiciones, fiestas, reciprocidad y saberes prácticos. Analiza la autosuficiencia parcial, la transmisión cultural, la atención a la salud con remedios locales, y cómo se organiza la producción y el consumo en el territorio. Todo ello ayuda a entender cómo las comunidades rurales sostienen identidades colectivas en medio de transformaciones económicas y migraciones.

La sociología urbana se ocupa de la vida en ciudades: densidad, movilidad, regulación del tráfico, convivencia y transformación de costumbres. Se observa que los lazos primarios tienden a diluirse en la gran urbe y que la atención sanitaria, por ejemplo, se mediatiza por dispositivos institucionales; al mismo tiempo, emergen subculturas, redes de apoyo y nuevos códigos de convivencia. En suma, las metrópolis reconfiguran prácticas, valores y estilos de vida, y plantean retos permanentes de integración, servicios y equidad territorial.

La sociología política investiga cómo se organizan y disputan el poder y la autoridad, y cómo se legitiman las decisiones colectivas. Su objeto abarca instituciones, participación, cultura cívica, movimientos sociales y políticas públicas. En la tradición clásica conviven dos miradas de la “política”: como “arte” de gobernar con eficacia los destinos de un pueblo, y como proceso complejo de representación, conflicto y resolución de intereses en juego.

De Chicago a la sociología urbana francesa

La Escuela de Chicago (finales del XIX a mediados del XX) fue clave para la sociología urbana. William I. Thomas y Florian Znaniecki, en El campesino polaco en Europa y América, utilizaron historias de vida, cartas, prensa y observación participante para estudiar a la diáspora polaca en Chicago. Robert E. Park, R. D. McKenzie y Ernest Burgess desarrollaron la ecología humana, interpretando la ciudad como un ecosistema regido por competencia, dominación y sucesión; de ahí el famoso modelo de crecimiento en anillos concéntricos.

Louis Wirth, con su “El urbanismo como modo de vida” (1938), argumentó que la gran ciudad multiplica los lazos secundarios y que se debilitan las bases tradicionales de la solidaridad, explicando por qué prevalecen ciertos desórdenes o tensiones psicosociales en contextos urbanos. Robert Redfield, por su parte, exploró el continuum folk-urbano, observando la transformación cultural al migrar del campo a la ciudad. En Chicago confluyeron el positivismo y la comprensión weberiana, además de influencias de Simmel y Durkheim, bajo un programa metodológico que combinó estadística social y trabajo cualitativo.

Con el auge del funcionalismo parsoniano y, después, la sociología urbana francesa, Chicago perdió centralidad. Henri Lefebvre criticó la planificación deshumanizadora y la “museificación” de los centros históricos, reclamando el “derecho a la ciudad” y destacando que el espacio moldea prácticas y subjetividades. Manuel Castells contestó esa primacía del espacio, encuadrándolo en las relaciones del modo de producción capitalista y subrayó el papel del Estado en la provisión de consumos colectivos para reproducir la fuerza de trabajo. Más tarde, Lefebvre insistió en la “producción del espacio”: el espacio no solo contiene mercancías; él mismo es una mercancía producida que reproduce relaciones sociales.

En las últimas décadas, Saskia Sassen conceptualizó la “ciudad global”: nodos financieros, hiperconectados, cosmopolitas y con un skyline y tramas urbanas ligadas al capital transnacional. David Harvey aportó la noción de acumulación por desposesión y releyó el “derecho a la ciudad” en clave contemporánea; Mike Davis mapeó la pobreza urbana a escala planetaria; y Pierre Bourdieu habló de “efectos de lugar” para mostrar cómo el espacio urbano refuerza desigualdades y trayectorias sociales.

Desarrollo en América Latina y en Argentina

En América Latina, la sociología se institucionalizó a lo largo del siglo XX. La región produjo un corpus propio: críticas al imperialismo, teorías de la modernización y, sobre todo, teorías de la dependencia (con fuerte presencia de la CEPAL), que conectaron estructura económica mundial y desigualdad regional. Hubo cruces con la teología de la liberación y la pedagogía del oprimido. Más recientemente, se han priorizado democracia, derechos humanos, participación política y análisis del conflicto social. Entre las organizaciones clave figuran ALAS, CLACSO y FLACSO.

En Argentina, Gino Germani fue un referente en los inicios de la sociología empírica y “científica”, con estudios pioneros sobre urbanización. En la década de 1960 nació el Instituto de Planeamiento Regional y Urbano del Litoral (IPRUL), donde Mario Robirosa dictó Sociología Urbana, influido por el antropólogo francés Paul-Henry Chombart de Lauwe y por la ecología humana de Amos Hawley. Esa confluencia afianzó una línea que combinó estadística, etnografía y cartografía aérea, en diálogo con debates internacionales.

En 1966 se creó el Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR), con agendas sobre vivienda, políticas urbanas y grandes infraestructuras, e influjos teóricos de la dependencia y del marxismo estructuralista (con Castells y Lojkine como referentes). José Nun formuló su célebre teoría de la marginalidad urbana (masa marginal), que releyó categorías marxistas para explicar la exclusión en las metrópolis latinoamericanas. Alicia Ziccardi estudió vivienda y movimientos urbanos. La dictadura de 1976 frenó y dispersó parte de estos desarrollos; la recuperación democrática abrió nuevos marcos –poder local, descentralización, actor social– que convivieron con la tradición crítica.

En la Carrera de Sociología de la UBA, Sociología Urbana entró como asignatura específica en 1973 y se ha mantenido en los planes posteriores. Entre tanto, la investigación urbana argentina siguió dialogando con tradiciones como Chicago, la ecología humana de Hawley, la sociología urbana francesa, la teoría de la dependencia y las aproximaciones contemporáneas de corte mixto.

La sociología se ha forjado en un cruce permanente entre ideas, métodos y contextos: desde las intuiciones de la Antigüedad, el legado islámico y los virajes de la modernidad (Reforma, ciencia experimental y contrato social), hasta su institucionalización con Comte y Durkheim, el giro interpretativo de Weber, la crítica marxista y la diversidad metodológica actual. Las corrientes funcionalistas, interaccionistas, críticas, de intercambio y de sistemas han ampliado el repertorio explicativo, mientras que la sociología urbana –de Chicago a Lefebvre, Castells o Sassen– mostró cómo el espacio y la ciudad condensan desigualdad, cultura y poder. A escala latinoamericana y argentina, la disciplina sumó claves propias –dependencia, marginalidad, políticas urbanas– que siguen siendo imprescindibles para entender nuestras sociedades.