- La concesión administrativa ha evolucionado desde la obra pública en el Antiguo Régimen hasta la gestión moderna de servicios públicos.
- Existen diversos enfoques para definirla, desde una visión amplia de creación de derechos hasta una estricta de explotación de bienes públicos.
- Tributan generalmente por el ITP-AJD mediante el modelo 600, con tipos impositivos y tarifas según el objeto de la concesión.
- La base imponible se calcula según el tipo de canon, la duración del contrato y la posible reversión de activos a la Administración.
Cuando hablamos de la concesión administrativa, nos metemos en un terreno donde el Estado y los particulares se dan la mano para gestionar cosas que nos interesan a todos. Básicamente, es ese mecanismo jurídico mediante el cual la Administración Pública le pasa la pelota a una empresa o a una persona para que se encargue de explotar un servicio, una obra o un espacio público, siempre bajo unas reglas muy claras y vigiladas.
No es algo nuevo, ni mucho menos. Esta figura ha ido evolucionando codo con codo con el propio Derecho Administrativo, adaptándose a los cambios políticos y económicos de cada época. Lo que empezó como una forma de construir puentes o puertos en el Antiguo Régimen, ha acabado convirtiéndose en una herramienta fundamental para que los servicios públicos funcionen como Dios manda en la actualidad.
Un viaje por la historia de las concesiones
Para entender dónde estamos, hay que mirar atrás. En Francia, ya desde el siglo XVI, se empezaron a usar procedimientos para que la Corona contratara obras de infraestructura, como canales o puertos. En aquel entonces, se hablaba de la concession de travaux publics. Lo curioso es que, al principio, quien hacía la obra se quedaba con el derecho de cobrar el peaje para recuperar su inversión, y a menudo estos derechos eran perpetuos, casi como si la obra pasara a ser suya.
A medida que avanzamos hacia el siglo XIX, la cosa se profesionaliza y el término «concesión» se asienta en el lenguaje jurídico. Fue durante el Estado liberal burgués cuando esta figura vivió su auténtica edad de oro. Al principio, todo giraba en torno al dominio público y las obras, pero al final del siglo XIX, el foco cambió hacia los servicios públicos, ya que el Estado empezó a entender que su papel debía ser garantizar el bienestar colectivo de forma más directa.
¿Qué entendemos exactamente por concesión administrativa?
Definir este concepto no es tan sencillo porque hay varios enfoques. Si nos vamos a la visión más amplia (latu sensu), cualquier acto de la Administración que cree un derecho nuevo para un particular o amplíe su esfera jurídica podría considerarse una concesión. Esta postura es común en países como Alemania o Italia y ha influido mucho en el derecho latinoamericano.
Sin embargo, en un sentido más estricto, la concesión es un contrato donde se ceden derechos de explotación sobre bienes o servicios públicos. No se trata solo de dar un permiso, sino de una relación compleja donde el concesionario asume obligaciones y riesgos a cambio de poder obtener un beneficio económico, siempre bajo la supervisión de la entidad pública.
Tipos de concesiones y ejemplos reales

En el día a día, nos encontramos con concesiones de todo tipo. Algunas de las más comunes son:
- Servicios turísticos y hostelería: Aquí entran desde la gestión de una playa o una terraza hasta la explotación de instalaciones deportivas.
- Infraestructuras y transporte: Gestión de líneas de autobús, puertos, aeropuertos o los famosos parkings públicos.
- Suministros básicos: El abastecimiento de agua potable, la gestión del alcantarillado, la energía o las telecomunicaciones.
- Recursos naturales: Derechos para extraer minerales en canteras o el aprovechamiento de energías renovables.
El aspecto fiscal: Impuestos y modelos
Ojo, que esto no es gratis. La constitución de una concesión administrativa suele tributar por el Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales y Actos Jurídicos Documentados (ITP-AJD), concretamente en la modalidad de transmisiones patrimoniales onerosas, con un tipo impositivo general del 4%. Para gestionar esto, se utiliza el modelo 600 y es fundamental conocer los diferentes tipos de impuestos en España.
Dependiendo de qué se esté concediendo, se aplica una tarifa distinta: la tarifa CEB para explotación de bienes (como un almacén municipal), la tarifa CEO para ejecución de obras (como reformar un mercado), la tarifa CES para servicios (como el agua potable) y la tarifa ANE para negocios equiparables.
Es importante notar que hay excepciones; por ejemplo, no tributan por este impuesto las concesiones de infraestructuras ferroviarias o instalaciones en aeropuertos y puertos.
Cómo se calcula la base imponible
Para saber cuánto hay que pagar, existen varias reglas según el caso. Si el canon es una cantidad total fija por todo el periodo, esa es la base. Pero si el pago es periódico, la cosa cambia: si dura menos de un año, es el total; si dura más, se hace una capitalización del canon anual al 10%.
Si el contrato obliga a devolver los bienes a la Administración al final (lo que llamamos reversión de bienes), se suma el valor neto contable estimado más los gastos de dicha reversión. En casos más complicados donde no se pueda fijar el valor, se aplica un 2% por cada año de duración sobre los activos fijos, analizando los métodos de amortización contable, con un mínimo del 10% y sin pasarse del valor total de los activos.
Dada la complejidad de estos trámites y la posibilidad de que surjan disputas legales, es fundamental contar con un abogado especialista en derecho administrativo. Un profesional puede ayudar desde la redacción de la solicitud hasta la defensa en juzgados si hay algún problema con la ejecución del contrato.
En definitiva, estamos ante una herramienta jurídica versátil que permite al sector privado gestionar intereses públicos, moviéndose entre la rentabilidad económica y la responsabilidad social, todo ello regulado por un marco fiscal estricto y una evolución histórica que ha priorizado la calidad de los servicios ciudadanos.


