- La prima de riesgo de Japón sigue en negativo pero repunta en 2026, en paralelo a un salto histórico de los rendimientos de sus bonos.
- Demografía adversa y desplome del ahorro interno obligan al país a depender más del capital global para financiar una deuda superior al 230%-240% del PIB.
- La combinación de política fiscal expansiva, normalización monetaria y menor apoyo del Banco de Japón eleva la factura de intereses y la tensión en los plazos largos.
- El ajuste de la deuda japonesa amenaza con contagiar a los mercados globales vía tipos, yen y flujos hacia la deuda de Estados Unidos y otras economías desarrolladas.

La prima de riesgo de Japón se ha convertido en uno de los termómetros financieros clave para entender por qué el país está dejando atrás definitivamente la era del dinero casi gratuito. Lo que antes era un mercado de deuda estable hasta el sopor hoy marca el ritmo de la volatilidad global, con movimientos que hace solo unos años habrían parecido ciencia ficción para los bonos nipones.
En 2026, Japón afronta un giro estructural en tipos de interés, ahorro interno y sostenibilidad de la deuda que está obligando a los inversores a replantearse muchas certezas: desde la aparente inmunidad de Tokio frente al endeudamiento masivo hasta el supuesto refugio que ofrecían sus bonos a largo plazo. Vamos a desgranar qué está pasando con la prima de riesgo japonesa, por qué ahora importa tanto y qué señales está enviando al resto del mundo.
Situación actual de la prima de riesgo de Japón
La referencia más directa es que la prima de riesgo de Japón se mueve en terreno negativo, en torno a los -57 puntos, después de haber repuntado unos 5 puntos respecto a la sesión anterior. Ese valor negativo refleja que, comparada con la deuda de referencia utilizada para el cálculo, la percepción de riesgo sigue siendo muy baja, aunque ya no es tan complaciente como en años de tipos ultrabajos.
Si se observa la cotización reciente, la prima de riesgo ha registrado incrementos modestos pero constantes jornada tras jornada. En la última sesión citada se situaba de nuevo en -57 puntos, con una subida de unos 5,5 puntos frente al cierre previo, un movimiento pequeño en apariencia pero significativo en un mercado que llevaba décadas prácticamente anclado.
En un horizonte de doce meses, la prima de riesgo japonesa acumula una subida de unos 82 puntos, un salto considerable que marca el final de la etapa de rendimientos planos y sin tensión. Además, en lo que va de año el incremento ronda los 3 puntos, lo que confirma que el ajuste es gradual pero persistente, más de fondo que meramente táctico.
Conviene tener presente el largo plazo: desde 1985, la prima de riesgo de Japón ha llegado a moverse entre un mínimo cercano a -430 puntos (registrado a finales de junio de 1995) y un máximo cercano a 76 puntos (en torno al 10 de marzo de 2020). Ese rango tan amplio demuestra que incluso un país percibido como ultraseguro puede experimentar etapas de fuerte tensión.
Dentro de este contexto, las comparativas internacionales de primas de riesgo por países cobran especial relevancia. La posición de Japón, con un diferencial todavía contenido frente a otras economías avanzadas, contrasta con su abultado endeudamiento. Esto ha llevado a muchos analistas a revisar la narrativa de que “Japón es un caso aparte” y a profundizar en los fundamentos que hay detrás.

El mercado de bonos japonés en 2026: rendimientos en máximos de décadas
Mientras la prima de riesgo se mueve en negativo pero al alza, los rendimientos de los bonos japoneses a medio y largo plazo han saltado a niveles no vistos desde el siglo pasado. El bono a 10 años se sitúa en torno al 2,1%-2,25%, zonas de máximos desde finales de los noventa, lo que supone una ruptura histórica con los tipos cercanos a cero que dominaron el mercado durante más de una década.
En el tramo muy largo de la curva, las subidas han sido aún más llamativas. La rentabilidad del bono a 30 años ronda el 3,5% (alrededor del 3,485%), con un repunte acumulado de varios puntos básicos en solo unas semanas, mientras que el 20 años supera con holgura el 3% (en torno al 3,08%). El mensaje es claro: el inversor que presta dinero a Japón a largo plazo exige cada vez más compensación.
El auténtico símbolo de esta nueva fase es el bono japonés a 40 años, que ha llegado a superar el 4% de rendimiento por primera vez desde su creación en 2007. En algunos momentos de máxima tensión se ha visto por encima del 4,2%, marcando récords desde su lanzamiento y enviando una señal inequívoca de mayor preocupación fiscal.
Esta escalada de rendimientos no es un simple ajuste técnico. El mercado está incorporando una prima de riesgo creciente ligada al deterioro percibido de las cuentas públicas, al cambio de política monetaria y al giro demográfico. El salto desde un entorno de tipos cero a un escenario de rendimientos claramente positivos obliga a recalibrar todo el mapa de riesgos.
Resulta especialmente relevante que este repunte se haya producido incluso con un tipo de referencia del Banco de Japón (BoJ) aún muy bajo, en torno al 0,75%, y con una inflación que en diciembre se situaba alrededor del 2,1%. Es decir, los tipos reales ya son positivos en varios tramos, algo que Japón no veía desde hacía más de diez años.

Demografía, ahorro y el fin del “excepcionalismo japonés”
Para entender por qué la prima de riesgo y los rendimientos japoneses se están moviendo con tanta fuerza no basta con mirar las decisiones del banco central o los titulares políticos. La raíz del problema se hunde en un cambio mucho más lento y profundo: la transformación demográfica y su impacto en el ahorro nacional.
Durante décadas, Japón pudo financiar una deuda pública descomunal gracias a un ahorro interno extraordinario. En los años setenta, la tasa de ahorro nacional superaba el 35% del PIB, lo que permitió al país convertirse en uno de los mayores acreedores del planeta. El Estado se financiaba, en la práctica, con el dinero que los propios ciudadanos dejaban en bancos y entidades locales.
Ese colchón, sin embargo, se ha ido erosionando a medida que la población envejece y la tasa de dependencia se dispara. El dato es contundente: la tasa de ahorro nacional se mueve ahora (con cifras de 2025-2026) en torno al 21%-23% del PIB, niveles similares a la media de muchos países de la OCDE. Y el ahorro neto de los hogares ha caído de alrededor del 15% en 1990 a cifras cercanas al 3% en la actualidad.
El factor clave detrás de este cambio es la tasa de dependencia, que relaciona a los menores de 15 y mayores de 65 años con la población en edad laboral. En Japón, este indicador se ha disparado hasta alrededor del 70%, uno de los valores más altos del mundo, impulsado por una natalidad hundida (aproximadamente 1,2 hijos por mujer) y una población cada vez más envejecida.
Cuando el peso de los jubilados crece tanto, se produce un giro inevitable en los flujos de ahorro: quienes ya no trabajan dejan de acumular capital y comienzan a consumir los recursos atesorados durante su vida laboral. Si a eso se suma que hay menos trabajadores activos generando ingresos y ahorrando, el resultado es un descenso nítido del ahorro nacional neto disponible para financiar al Estado.
Esta metamorfosis en la estructura económica implica que el gobierno japonés ya no puede depender casi exclusivamente del ahorro doméstico para colocar su deuda. Poco a poco, se ve obligado a competir por el capital global, lo que significa aceptar tipos de interés dictados por un mercado internacional mucho menos paciente con déficits crónicos y deudas desorbitadas.

Política monetaria, fiscal expansiva y choque con los mercados
En paralelo a los cambios demográficos, Japón ha iniciado la salida de una política monetaria ultraexpansiva que llevaba en vigor décadas. El fin del control estricto de la curva de tipos y la primera subida de tipos del BoJ en unos treinta años marcaron un antes y un después. Aun así, el tipo oficial se mantiene en un modesto 0,75%, muy por debajo de la rentabilidad exigida en el tramo largo.
Este contexto se complica por la colisión entre una política fiscal más agresiva y un banco central que intenta normalizar. Tras la llegada de la primera ministra Sanae Takaichi, con un perfil claramente conservador y un fuerte tirón en las encuestas, el gobierno ha apostado por un programa que combina recortes de impuestos y aumento del gasto, bajo la etiqueta de “expansión fiscal responsable”.
Entre las medidas anunciadas se incluye, por ejemplo, la intención de suspender temporalmente el impuesto sobre las ventas de alimentos y un potente paquete de estímulos de más de 21 billones de yenes, pensado para aliviar el impacto de la inflación y los salarios contenidos. La cuestión es que ese estímulo llega en pleno repunte de los costes de financiación y con una deuda pública que supera el 230%-260% del PIB, según la referencia utilizada.
Los inversores han reaccionado vendiendo deuda japonesa, especialmente en los plazos muy largos como el 30 y 40 años. La sesión en la que los rendimientos superaron por primera vez el 4% en el 40 años fue descrita por operadores en Tokio como una de las más caóticas de los últimos tiempos, con movimientos de más de 25 puntos básicos en una sola jornada.
Algunos analistas comparan este episodio con el llamado “momento Liz Truss” en Reino Unido: una combinación de anuncios fiscales expansivos, dudas sobre la financiación y reacción contundente de los mercados que pone rápidamente contra las cuerdas a los gobiernos. En el caso japonés, la deuda pública supera con claridad el 230% del PIB, el ratio más alto entre las economías desarrolladas, lo que amplifica el nerviosismo.
El BoJ, por su parte, ha optado por mantener el tipo de referencia en el 0,75% y moderar el ritmo de compras de bonos soberanos a partir de abril de 2026. Esta decisión indica que el banco central no está dispuesto a frenar cada repunte de los rendimientos como en la época del control férreo de la curva, lo que deja más expuesto al mercado a fuerzas de oferta y demanda puras.
Presupuesto récord, coste de la deuda y ajustes en la emisión
El giro en la percepción de riesgo fiscal se ve con claridad en las cifras del presupuesto. Para el ejercicio fiscal 2026, Japón ha aprobado unas cuentas iniciales de 122,3 billones de yenes, equivalentes a unos 665.900 millones de euros al tipo de cambio de referencia fijado por el BCE (1 euro = 183,67 yenes a 16 de enero de 2026).
Dentro de ese presupuesto, la partida destinada al servicio de la deuda asciende a 31,3 billones de yenes, en torno a 170.400 millones de euros. El aumento de los rendimientos se traduce en una factura de intereses cada vez más pesada, que absorbe una parte creciente del gasto público y reduce el margen disponible para nuevas medidas sin elevar impuestos o recortar en otras áreas.
Ante la presión en los tramos largos, el Ministerio de Finanzas ha movido ficha con un plan para ajustar las emisiones. El borrador del programa para el año fiscal abril 2025-marzo 2026 contempla reducir en torno a un 10% el volumen de bonos de muy larga duración (20, 30 y 40 años) frente al programa original, lo que supone recortar unos 0,5 billones de yenes y dejar la emisión total anual alrededor de 171,8 billones de yenes.
Para compensar esa reducción, se planea aumentar las emisiones en plazos cortos, como bonos a 2 años y letras del Tesoro, además de explorar recompras de títulos muy largos emitidos en épocas de rentabilidades extremadamente bajas. El objetivo es mejorar el equilibrio entre oferta y demanda y evitar que las subastas de plazos superlargos sigan siendo un foco de tensión.
Los analistas de entidades como Bankinter consideran estas medidas una reacción esperada para tranquilizar al mercado tras algunas subastas con demanda floja y repuntes bruscos en los rendimientos. Se trata de un intento de dosificar el riesgo: menos deuda a vencimientos muy lejanos, algo más en la parte corta y un BoJ que, poco a poco, deja de ser el comprador casi único.
En paralelo, la posición deudora global de Japón sigue siendo colosal. En 2023, la deuda pública rondaba los 9,35 billones de euros (más de 10,1 billones de dólares), lo que supone alrededor del 240% del PIB y sitúa al país como el segundo con mayor endeudamiento relativo del mundo. La deuda per cápita supera con creces los 75.000 euros por habitante, entre las más altas a escala internacional.
Quién sostiene la deuda japonesa y cómo cambia el equilibrio
Hasta ahora, la estabilidad aparente del sistema se sustentaba en un patrón muy singular de tenencia de deuda: mayoría de inversores domésticos, fuerte presencia de bancos locales, aseguradoras y fondos de pensiones, y un papel masivo del Banco de Japón como gran comprador de bonos del Estado.
Con datos preliminares de septiembre de 2025, el volumen total de bonos y letras del Estado en circulación alcanzaba unos 1.185 billones de yenes, equivalentes a aproximadamente 6,45 billones de euros. De esa cifra, el BoJ mantenía en balance cerca de 523,9 billones de yenes (unos 2,85 billones de euros), casi la mitad del total.
Este esquema ha funcionado razonablemente bien mientras el banco central estaba dispuesto a comprar sin apenas límites y el ahorro interno era abundante. Sin embargo, la gradual retirada del BoJ como comprador dominante y la caída del ahorro obligan a que el mercado dependa cada vez más de la demanda privada, tanto nacional como internacional.
Ahí es donde la prima de riesgo vuelve a ganar protagonismo: cuando el respaldo artificial del banco central se reduce, los inversores exigen más rendimiento como colchón frente al riesgo fiscal, lo que se refleja en una curva de tipos más inclinada y en mayores tensiones en las subastas de plazos muy largos.
El mensaje que lanza el FMI y otros organismos es que la deuda japonesa representa un foco de riesgo a medio plazo, especialmente a partir de la próxima década, cuando el envejecimiento de la población tensione aún más el gasto en pensiones, sanidad y cuidados de larga duración, justo en un entorno de tipos más altos y menos compradores cautivos.
El papel del yen y los canales de contagio internacional
La tormenta en los bonos japoneses no se queda puertas adentro. El yen se ha situado bajo fuerte presión, actuando como termómetro adicional de la preocupación de los mercados. La combinación de rendimientos al alza y moneda débil resulta incómoda: sugiere que los inversores dudan tanto del cuadro fiscal como de la capacidad de política monetaria para estabilizar la situación.
En paralelo, Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda del Tesoro de Estados Unidos, con una posición en torno a 1,2 billones de dólares a finales de 2025 (algo más de 1,03 billones de euros). Si la rentabilidad de la deuda japonesa se acerca demasiado a la estadounidense, aseguradoras, fondos y bancos nipones pueden decidir repatriar parte de ese capital, reduciendo la demanda marginal de bonos en Estados Unidos y Europa.
Este movimiento potencial implicaría presiones al alza sobre las rentabilidades globales, ampliando la onda expansiva de lo que ocurre en Tokio. No hay que olvidar el canal divisa: la normalización monetaria, junto con cambios en las expectativas sobre el yen, puede desatar deshaces masivos de estrategias de carry trade en las que el yen se utilizaba como moneda de financiación barata.
De hecho, ya se están apreciando señales de tensión fuera de Japón. El índice MOVE, que mide la volatilidad en la renta fija estadounidense, ha repuntado con fuerza coincidiendo con las turbulencias japonesas. El oro ha subido con decisión en apenas unas sesiones, marcando máximos históricos, y el bono del Tesoro estadounidense a 10 años ha vuelto a superar el 4,3% en determinados momentos.
En los mercados de derivados, la demanda de cobertura frente a subidas de tipos en yenes y frente a caídas en el índice Nikkei 225 ha aumentado, reflejando que los gestores están ajustando sus posiciones de riesgo. Estos movimientos quizá no sean visibles para el gran público, pero son un indicador de que el mercado profesional se toma muy en serio la posibilidad de un cambio de régimen en Japón.
Contexto macroeconómico de Japón: más allá de la prima de riesgo
Para completar el cuadro es necesario mirar algunos indicadores básicos. Japón es la tercera economía mundial por volumen de PIB, con una superficie de casi 378.000 km² y una población cercana a los 124 millones de habitantes. La densidad poblacional supera los 320 habitantes por km², lo que lo convierte en un país muy poblado para su tamaño.
La capital es Tokio y la moneda oficial son los yenes japoneses, que han vivido episodios de fuerte volatilidad ante los cambios de expectativas sobre tipos e intervenciones en el mercado de divisas. En términos de desempleo, Japón sigue destacando: la tasa se sitúa en torno al 2,6%, una de las más bajas del mundo, lo que refleja un mercado laboral ajustado, aunque también envejecido.
En 2024, el PIB per cápita rondaba los 29.983 euros (unos 32.443 dólares), situando al país en torno al puesto 42 del ranking mundial por este indicador. El Índice de Desarrollo Humano señala una calidad de vida elevada, con buen nivel educativo y sanitario, pese a los retos que plantea el envejecimiento acelerado.
En materia de precios, la variación anual del IPC publicada para febrero de 2026 se sitúa alrededor del 1,3%, una tasa moderada que contrasta con los episodios inflacionistas vividos en otras economías avanzadas. Esto aporta cierto margen al BoJ, pero al mismo tiempo hace más visibles los efectos de la subida de tipos sobre la carga de intereses sin el “consuelo” de una inflación muy alta que licúe la deuda.
En cuanto al clima de negocios, Japón ocupa alrededor del puesto 39 en el ranking Doing Business, lo que indica un entorno relativamente favorable para operar, aunque con ciertas rigideces. En percepción de corrupción, el país logra unos 73 puntos, lo que sugiere un nivel bajo de corrupción en el sector público y una institucionalidad sólida, factores que históricamente han jugado a su favor en términos de confianza inversora.
Todo este trasfondo macro ayuda a entender una paradoja: un país con instituciones fuertes, alto nivel de renta y baja inflación puede, aun así, ver cómo su prima de riesgo y sus tipos de interés dan un salto cuando la combinación de deuda excesiva, ahorro menguante y políticas fiscales expansivas cruza ciertas líneas rojas percibidas por los mercados.
El caso japonés funciona, de hecho, como una advertencia para otros países muy endeudados sin un colchón de ahorro interno comparable. Si economías como Estados Unidos, Francia o España llegaran a registrar caídas de ahorro similares a las que ha sufrido Japón, el margen para sostener deudas elevadas sin castigo de los mercados sería mucho menor, lo que aumentaría el riesgo de episodios de crisis de deuda y repuntes abruptos de las primas de riesgo.
Todo lo que está ocurriendo con la prima de riesgo de Japón en 2026 muestra que el supuesto blindaje de las economías con moneda de reserva tiene límites claros. La demografía, el ahorro y la disciplina fiscal terminan imponiéndose; el crédito barato y los tipos bajos no son eternos, y los mercados acaban exigiendo una compensación más alta por financiar desequilibrios persistentes, incluso cuando se trata de la tercera economía del mundo.