Perspectivas de la economía española

Última actualización: marzo 19, 2026
  • España mantendría en 2026 un crecimiento del PIB superior al de la eurozona, apoyado en la demanda interna, el empleo y los fondos europeos.
  • La inflación seguiría moderándose hacia niveles cercanos al 2%-3%, aunque la tensión geopolítica y la energía añaden riesgos alcistas.
  • El mercado laboral continuaría fuerte, con paro por debajo del 10%, pero la productividad débil y los costes laborales presionan la competitividad.
  • El contexto internacional, la guerra comercial y la disciplina fiscal condicionarán el papel de España como locomotora económica de la eurozona.

Perspectivas de la economía española

La economía española llega a 2026 con un ritmo de crecimiento envidiable dentro de la eurozona, pero con varios frentes abiertos que no conviene perder de vista: tensiones geopolíticas, guerra comercial, productividad atascada y una inflación que aún no termina de relajarse del todo. Aun así, los principales organismos internacionales -FMI, servicios de estudios empresariales y entidades financieras- coinciden en que el panorama sigue siendo razonablemente favorable.

Tras unos años de fuerte recuperación, España se mantiene como una de las locomotoras de la zona euro gracias al tirón de la demanda interna, el turismo y la inversión, en parte impulsada por los fondos europeos Next Generation EU. Pero ese buen tono convive con desequilibrios como la debilidad del sector exterior, el cansancio de la productividad y un contexto internacional plagado de riesgos que pueden cambiar rápidamente las previsiones.

Crecimiento previsto del PIB en 2026: sólido, pero moderándose

Las proyecciones manejadas por distintos servicios de estudios sitúan el crecimiento del PIB español en torno al 2,1%-2,4% en 2026, tras un avance cercano al 2,8%-2,9% en 2025. La Cámara de Comercio de España plantea un escenario base con un incremento del 2,3% del PIB real en 2026 y del 2,0% en 2027, mientras que BBVA Research y otros análisis privados se mueven en cifras muy similares.

Este crecimiento, aunque algo menor que el de 2025, seguiría colocando a España por encima de la media de la eurozona, que se quedaría en torno al 1,3%-1,4%. El FMI, de hecho, mejora sus previsiones y eleva la expansión española hasta el 2,3% para 2026, ligeramente por encima de la estimación oficial del Gobierno, consolidando al país como uno de los motores de la moneda única.

El detalle de la Cámara de Comercio indica que la demanda nacional seguiría siendo el principal soporte del crecimiento, con una contribución de 2,8 puntos porcentuales al avance del PIB en 2026, frente a una aportación externa negativa. Es decir, lo que tire de la economía será el consumo interno y la inversión, mientras que el sector exterior tenderá a restar crecimiento.

En este contexto, se espera que el consumo privado de los hogares aumente en torno al 2,5% en 2026, tras un 3,4% en 2025, apoyado por un mercado laboral fuerte, la llegada de inmigración que impulsa la población, tipos de interés más bajos que en los peores momentos del ciclo y una paulatina reducción de la tasa de ahorro acumulada durante los años de mayor incertidumbre, así como una mayor tasa de ocupación.

Por su parte, la Formación Bruta de Capital Fijo moderaría su avance hasta cerca del 4,6% en 2026 (desde un 6,3% en 2025), con diferencias internas importantes: la inversión residencial tomaría algo más de impulso, mientras que la inversión en bienes de equipo crecería a tasas algo más discretas (alrededor del 2,8% tras el 7,5% de 2025).

El papel de los fondos europeos y los motores del crecimiento

Uno de los elementos que seguirá marcando el pulso de la actividad será la ejecución de los fondos europeos Next Generation EU (NGEU). 2026 es un año clave porque es el último ejercicio de vigencia de este programa, y los escenarios de previsión parten de la hipótesis de que se conseguirá ejecutar prácticamente la totalidad de los recursos asignados a España.

Entre 2023 y 2025 se habrían movilizado, de media, unos 15.000 millones de euros anuales, mientras que para 2026 se asume una ligera aceleración hasta el entorno de los 16.000 millones. Otras estimaciones, como las de CaixaBank Research, apuntan incluso a una ejecución de cerca de 17.500 millones de euros, con una posible contribución de hasta 0,6 puntos porcentuales al crecimiento del PIB.

Además de los fondos europeos, la demografía está jugando un papel muy relevante en el dinamismo de la economía española. El aumento de la población, muy vinculado a la inmigración, podría aportar alrededor de 0,5 puntos al crecimiento del PIB, según algunos cálculos, al elevar tanto la fuerza laboral como la demanda de bienes y servicios.

En paralelo, las bajadas de tipos de interés aplicadas en 2024 y 2025 -y que previsiblemente no continuarán en 2026- seguirán apoyando la inversión y el consumo gracias al abaratamiento de la financiación, con un efecto positivo estimado cercano a 0,3 puntos del PIB, y la evolución de la estructura temporal de tipos de interés tendrá un papel relevante.

Por sectores, los servicios seguirán siendo el gran motor. El sector servicios, con especial protagonismo del turismo, mantendrá un buen tono, aunque a un ritmo más moderado que en los años inmediatamente posteriores a la pandemia. El turismo español parte ahora de unos fundamentos más sólidos y una demanda internacional más diversificada, lo que hace que el crecimiento sea menos volátil y más sostenible en el tiempo.

En la industria, la manufactura española se beneficiará de unos costes energéticos relativamente menores que los de otras economías europeas, lo que refuerza su competitividad. En el ámbito inmobiliario, se espera que la vivienda siga aportando positivamente al PIB, con alrededor de 150.000 visados de obra nueva en 2026, cifra elevada respecto a la última década, aunque insuficiente para cubrir por completo las necesidades de nuevos hogares.

Inflación: moderación con riesgos al alza por la tensión geopolítica

En el frente de precios, los distintos escenarios coinciden en una inflación que sigue moderándose pero que no termina de anclarse sin sobresaltos. La Cámara de Comercio proyecta una tasa media del IPC general del 2,7% en 2026, prácticamente igual que en 2025, y una caída posterior hasta el 2,2% en 2027.

La inflación subyacente se movería en torno al 2,5% en 2026, descendiendo después al 1,9% en 2027. El problema es que algunos componentes, como los servicios, muestran una resistencia notable a frenar los precios, mientras que la cesta de alimentos podría experimentar nuevas presiones al alza, en parte por el encarecimiento de fertilizantes y costes logísticos.

Al mismo tiempo, los riesgos no desaparecen. El repunte de los precios de la energía asociado al conflicto en Oriente Próximo, y en particular a la guerra entre Irán e Israel con apoyo de Estados Unidos, introduce una fuente de incertidumbre adicional. El estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que transita alrededor del 20% del crudo mundial y una cuarta parte del gas natural licuado, se ha visto afectado por la escalada bélica y por un fuerte aumento de las primas de seguro marítimo.

En los primeros compases de la crisis se ha registrado un incremento muy pronunciado del coste de estas pólizas, que han pasado de ser casi irrelevantes a suponer una parte sustancial del valor de cada carga. El desvío de rutas y el mayor riesgo logístico elevan el coste del transporte y, en última instancia, presionan al alza los precios de la energía y de muchas materias primas, incluidos los fertilizantes nitrogenados y fosfatados que se exportan desde el Golfo Pérsico.

Los escenarios alternativos elaborados por la Cámara de Comercio cuantifican estos riesgos. En un escenario 1, con un conflicto que dure entre dos y tres meses y un precio del Brent por encima de los 80 dólares durante el primer trimestre de 2026, la inflación media subiría hasta el 3,2% (0,5 puntos más que en el escenario base), efecto que se revertiría en 2027. En un escenario 2, con un conflicto prolongado y el barril por encima de los 90 dólares durante todo el año, el IPC medio rebasaría el 4% en 2026, con un impacto más duradero sobre el poder adquisitivo de los hogares y los márgenes empresariales.

Mercado laboral: fortaleza del empleo y paro en un dígito

El mercado de trabajo ha sido uno de los grandes soportes del ciclo. España cerró 2025 con un tono muy sólido en el empleo, con una aceleración del crecimiento en el tramo final del año y máximos históricos de afiliación a la Seguridad Social. La tasa de paro se situó en el entorno del 10,4%-10,5%, el nivel más bajo en muchos años.

Para 2026, los escenarios apuntan a que la ocupación seguirá aumentando, aunque a un ritmo algo más moderado. La Cámara de Comercio prevé un incremento de los ocupados del 1,6% según la EPA, tras el 2,6% de 2025, y una reducción de la tasa de paro hasta alrededor del 9,8%. Otras estimaciones, como las de la CEOE, sitúan el desempleo en torno al 9,7%, consolidando así el descenso por debajo de la barrera psicológica del 10%.

Este buen comportamiento se ve impulsado por la ampliación de la fuerza laboral gracias a la inmigración y a una mayor tasa de participación en el mercado de trabajo, algo que el FMI destaca como uno de los factores que explican el dinamismo de España frente a otros socios europeos. Además, el turismo, los servicios avanzados y las actividades ligadas a la digitalización y a la inteligencia artificial están generando nuevas oportunidades profesionales.

Sin embargo, no todo son buenas noticias. La productividad por ocupado, un indicador clave para la sostenibilidad del crecimiento, no sólo no ha repuntado, sino que ha retrocedido alrededor de un 0,3% en 2025 y se mantiene por debajo de los niveles de 2019. Mientras tanto, la remuneración de los asalariados ha subido con fuerza: cerca de un 7,9% interanual, combinando un incremento del 3,2% en el número de puestos a tiempo completo y un 4,6% en la remuneración media por puesto.

Este desajuste entre salarios y productividad genera dudas sobre la evolución futura de los costes laborales unitarios y la competitividad. Si las retribuciones siguen avanzando por encima de la productividad durante demasiado tiempo, pueden aparecer tensiones sobre los márgenes de las empresas, la inversión y, en última instancia, el empleo.

Balanza de pagos, sector exterior y desequilibrios

En el terreno externo, la fotografía de 2025 no es tan halagüeña como la del crecimiento del PIB. Por primera vez desde 2021, el comercio exterior deja de aportar positivamente al crecimiento y pasa a restar. Las exportaciones de bienes y servicios aumentan a buen ritmo, alrededor del 3,4%-3,5%, pero las importaciones crecen mucho más, cerca del 6,3%-6,9%, reflejando la solidez de la demanda interna.

Las previsiones de la Cámara de Comercio sitúan en 2026 un aumento de las exportaciones del 1,9% y de las importaciones del 3,5%, con lo que la demanda externa neta tendría una contribución negativa al crecimiento del PIB. Aun así, se espera que el saldo por cuenta corriente de la balanza de pagos siga siendo positivo, en torno al 2,3% del PIB en 2026 y al 2,1% en 2027, apoyado en buena medida en el turismo y en algunos servicios de alto valor añadido.

La debilidad de las exportaciones de bienes, unida al deterioro progresivo de la balanza comercial no energética, configura un escenario en el que el pilar exterior pierde fuelle. En un contexto de tensiones arancelarias globales, con Estados Unidos adoptando una política comercial más agresiva y Europa respondiendo con posibles represalias, la incertidumbre sobre el comercio internacional se mantiene elevada.

El FMI insiste en que una escalada de la guerra comercial entre las grandes potencias no tendría ganadores y podría dañar a todas las economías implicadas, incluida la española, a través de menores flujos comerciales, un aumento de la incertidumbre y un impacto negativo sobre la inversión.

Déficit público y situación fiscal

En el ámbito de las finanzas públicas, España ha ido reconduciendo su desequilibrio presupuestario, aunque el déficit público sigue siendo un aspecto vigilado de cerca por los organismos internacionales. Para 2026, las proyecciones apuntan a un déficit algo por debajo del 3% del PIB, en línea con el objetivo de regresar a los límites fijados por las reglas fiscales europeas, así como a la necesidad de gestionar adecuadamente los tipos de deuda.

La Cámara de Comercio estima que la necesidad de financiación de las Administraciones Públicas se situará en torno al -2,8% del PIB en 2026, mejorando hasta el -2,5% en 2027. Este ajuste fiscal contrasta con la delicada posición de otros países desarrollados con desequilibrios mayores y niveles de deuda más elevados, como Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Japón.

El reto es combinar la consolidación de las cuentas públicas con la necesidad de mantener la inversión productiva y las políticas que favorezcan el crecimiento potencial. La ejecución eficiente de los fondos europeos, la mejora de la eficiencia del gasto y las reformas estructurales dirigidas a elevar la productividad se convierten en piezas clave para cuadrar el círculo.

Además, los analistas señalan que la aparente paradoja de que el gasto público, incluyendo subidas salariales y más consumo de las Administraciones, impulse el PIB al tiempo que ejerce presión sobre el déficit y la deuda, obliga a afinar la política presupuestaria para que el impulso fiscal sea sostenible y no se traduzca en tensiones financieras a medio plazo.

Contexto internacional y guerra comercial

A nivel global, la economía mundial ha dado muestras de una resistencia notable pese a un entorno plagado de shocks: salida de la pandemia, espiral inflacionista no vista en cuatro décadas, subidas abruptas de tipos, guerra en Europa, encarecimiento energético y ahora un giro proteccionista muy intenso por parte de la primera potencia mundial.

La OCDE sitúa el crecimiento global en torno al 3,2% en 2025 y al 2,9% en 2026, con Estados Unidos y algunas economías asiáticas como principales motores, mientras que la zona euro mantiene un ritmo más modesto. China, por su parte, ha visto ligeramente revisadas al alza sus previsiones gracias a nuevas medidas de estímulo, con un crecimiento previsto cercano al 5% en 2025 y al 4,5% en 2026.

En este tablero, Estados Unidos emerge como una de las economías avanzadas más dinámicas, con un crecimiento estimado del 2,4% para 2026, apoyado en la inversión tecnológica y en políticas fiscales y monetarias muy expansivas. La fuerte apuesta por la inteligencia artificial y la industria asociada ha empujado su PIB con fuerza, y el FMI reconoce que estas inversiones están compensando parte del daño derivado de las tensiones comerciales.

Sin embargo, el giro proteccionista de Washington, con nuevos aranceles y amenazas comerciales a Europa y China, está alterando el orden económico construido tras la Segunda Guerra Mundial. La UE ha reaccionado con la posibilidad de medidas de represalia, y el Fondo advierte del riesgo de una espiral de “ojo por ojo” que termine recortando el crecimiento global y elevando la incertidumbre.

Para España, muy integrada en las cadenas de valor europeas y con un peso relevante de las exportaciones de bienes y servicios a otros países de la UE y al resto del mundo, cualquier escalada arancelaria o ruptura de acuerdos comerciales representa un riesgo adicional para su sector exterior y, por tanto, para el crecimiento futuro.

Tipos de interés, mercados financieros y política monetaria

Tras el ciclo de subidas agresivas de tipos de interés para combatir la inflación, los bancos centrales han empezado a virar hacia una postura más neutral, con bajadas graduales en 2024 y 2025. El consenso apunta a que en 2026 no habrá grandes movimientos a la baja, sino más bien una fase de estabilidad para consolidar la desinflación sin reactivar presiones alcistas de precios.

El FMI subraya la importancia de preservar la independencia de los bancos centrales frente a las presiones políticas. La institución alerta de que una pérdida de credibilidad que eleve las expectativas de inflación podría recortar en torno a un 0,3% el PIB global en 2026, a través de un endurecimiento adicional de las condiciones financieras y un mayor coste de financiación para Estados, empresas y familias.

En la zona euro, el Banco Central Europeo afronta el reto de mantener la estabilidad de precios sin ahogar el crecimiento, en un contexto de grandes diferencias entre los países miembros. Para España, unos tipos algo más bajos que en el pico del ciclo ya están aliviando las cuotas hipotecarias y el coste de la deuda empresarial, lo que ayuda a sostener el consumo y la inversión.

Desafíos estructurales: productividad, competitividad y reformas

Más allá de los datos coyunturales, la economía española arrastra retos de fondo que condicionan su potencial de crecimiento a largo plazo. La parálisis de la productividad por ocupado, el aumento de los costes laborales unitarios y la debilidad de la innovación en muchas pymes son algunos de los elementos que más preocupan a las organizaciones empresariales.

La CEOE destaca que, pese a la inyección histórica de fondos europeos orientados a la transformación digital y verde, la productividad por trabajador sigue por debajo de 2019 y cae en términos interanuales. Esto, combinado con subidas salariales significativas, presiones energéticas y un entorno regulatorio percibido como complejo, estrecha los márgenes empresariales y puede frenar decisiones de inversión.

En este contexto, los servicios de estudios coinciden en que será imprescindible un impulso decidido a las reformas estructurales: mejora de la formación y recualificación de los trabajadores, apoyo a la innovación en microempresas y pymes, simplificación administrativa, refuerzo del mercado único europeo y mayor aprovechamiento de las oportunidades ligadas a la digitalización y la transición energética.

También se insiste en la necesidad de reforzar la disciplina fiscal en los años de crecimiento, para ganar margen de maniobra ante futuras crisis y evitar episodios de inestabilidad en los mercados de deuda. Elevar el crecimiento potencial a través de reformas es, en opinión del FMI y de muchos analistas, la mejor receta para un entorno mundial plagado de sobresaltos.

En conjunto, la economía española encara 2026 con una combinación poco frecuente de factores: un crecimiento por encima de la media europea, un mercado laboral dinámico y una inflación encaminada hacia niveles cercanos a los objetivos, pero al mismo tiempo con un sector exterior renqueante, una productividad estancada y un contexto internacional muy volátil. La capacidad para ejecutar bien los fondos europeos, mantener la confianza en la política económica y avanzar en reformas que sostengan la competitividad marcará la diferencia entre un ciclo simplemente aceptable y un verdadero salto de calidad para la economía del país.

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