Qué es la propaganda: definición, historia, técnicas y ejemplos

Última actualización: noviembre 10, 2025
  • La propaganda es comunicación persuasiva diseñada para moldear actitudes y conductas, con fuerte carga emocional.
  • Su historia abarca desde los edictos de Ashoka y la Iglesia católica hasta la Primera Guerra Mundial, la Guerra Fría y el siglo XXI.
  • Se apoya en técnicas psicológicas y retóricas (miedo, estereotipos, eslóganes, «transfer», etc.) y en múltiples medios.
  • Se diferencia de la publicidad por su propósito: instalar ideas y legitimar causas frente a vender productos.

Imagen genérica sobre propaganda

Cuando hablamos de propaganda, nos referimos a una forma planificada de comunicar para influir en ideas y comportamientos. Su meta no es tanto ofrecer todos los pros y los contras, sino inclinar la balanza de la opinión pública hacia una postura concreta mediante recursos emocionales y repetición en distintos medios.

Lejos de ser un fenómeno reciente, la propaganda existe desde hace siglos y ha acompañado a religiones, gobiernos, movimientos sociales y empresas. Hoy la vemos en carteles, discursos, redes sociales, cine o radio, y sigue tan vigente como siempre porque apela a emociones básicas como el miedo, el orgullo, la pertenencia o la indignación.

Etimología y concepto general

La palabra procede del latín propagare (extender, difundir), y en la Edad Moderna pasó a usarse por la institución católica encargada de «propagar la fe», la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe (Sacra Congregatio de Propaganda Fide), fundada en 1622 por Gregorio XV. Con el tiempo, el término se secularizó y pasó a designar cualquier comunicación persuasiva destinada a generar adhesión o rechazo hacia una causa, ideología o actor político.

Conviene notar que, según la lengua o el país, el matiz del término cambia: en Brasil y en varios países hispanoamericanos, «propaganda» se usa a menudo como sinónimo de publicidad comercial; la Real Academia Española recoge ese uso. En inglés, en cambio, «propaganda» suele tener connotaciones negativas ligadas a manipulación y engaño.

Primeros antecedentes: de Asia a la Europa clásica

Los llamados edictos de Ashoka (siglo III a. C.) son de los registros más antiguos y fuentes primarias de comunicación persuasiva a gran escala: inscripciones en columnas y rocas, situadas en rutas y centros clave del norte del subcontinente indio, que difundían preceptos morales, religiosos y sociales. Su ubicación estratégica garantizaba llegar al mayor número de personas.

Mucho antes de los grandes medios, comerciantes griegos dejaban inscripciones con mensajes publicitarios y, como instrumento político, Esparta usó la propagación de rumores en 432 a. C. para minar a Atenas antes de la guerra del Peloponeso, atacando la reputación de figuras como Pericles para desestabilizar al adversario.

El impulso religioso y la «propaganda fide»

En la curia romana y, especialmente, en la Contrarreforma, la Iglesia católica sistematizó el uso de canales organizados para difundir doctrina y valores. Con la creación de la Propaganda Fide en 1622 se coordinó la expansión misionera, uniendo administración, logística y comunicación en los territorios en proceso de colonización.

La gran profesionalización: de la Primera Guerra Mundial al periodo de entreguerras

La Primera Guerra Mundial marcó un punto de inflexión: se sistematizó el uso de la información con fines bélicos. En Estados Unidos, Walter Lippmann y Edward Bernays contribuyeron a articular campañas para favorecer la entrada del país en la contienda mediante relatos que presentaban al enemigo de forma alarmante.

En un clima de rivalidades y chovinismo, gobiernos de las potencias en conflicto controlaron prensa y radio, produjeron carteles por millones, censuraron contenidos y evitaron el derrotismo. Tras 1917, se endureció la vigilancia informativa y se trabajó a fondo la moral de retaguardia y de las tropas.

España y la propaganda en la guerra civil

La guerra civil española fue un banco de pruebas para técnicas persuasivas que luego se verían en la Segunda Guerra Mundial. La narrativa franquista instaló la idea de dos bandos equiparables para otorgar una apariencia de legitimidad al alzamiento armado contra el gobierno democrático. En aquel contexto surgieron organismos como la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda en el bando sublevado, y un Ministerio de Propaganda entre 1936 y 1937 en el republicano.

Propaganda nazi y Segunda Guerra Mundial

Tras la Gran Guerra, «propaganda» quedó tocada por un sentido peyorativo. Hitler intentó revertirlo presentándola como una herramienta positiva, con Joseph Goebbels al frente del Ministerio de Propaganda desde 1933. Se explotaron la emoción colectiva, el orgullo nacional y el odio al «otro», con manipulación sistemática, control total de prensa, radio, cine y artes, y técnicas de expectativa para intensificar el impacto de las «buenas noticias».

En cine, el régimen promovió obras como Triumph des Willens de Leni Riefenstahl, pieza icónica de exaltación del partido en Núremberg. En Estados Unidos, antes y durante la guerra, el gobierno encargó a grandes cineastas documentales como La batalla de Midway (John Ford) o la serie Why We Fight (Frank Capra), que reapropiaba imágenes nazis para denunciarlas y mezclaba animación de Disney con material capturado.

Guerra Fría: ondas, fronteras y narrativa global

Tras 1945, el conflicto Este-Oeste convirtió la propaganda en una batalla simbólica y mediática permanente. Estados Unidos emitía su discurso a través de la Voz de América (propaganda blanca, emisor explícito) y, mediante Radio Free Europe y Radio Liberty (controladas por la CIA), difundía contenidos en la URSS y Europa del Este, mezclando información y entretenimiento (propaganda gris).

La URSS replicó con Radio Moscow (oficial) y emisoras en territorio estadounidense, e integró la propaganda en la escuela para construir una imagen negativa del modo de vida occidental y reforzar la superioridad del proyecto soviético. En periodos críticos, ambos bloques recurrieron también a propaganda negra, ocultando el emisor e intenciones para engañar o dividir.

Del siglo XXI a la hiperconexión: terrorismo, redes y bloqueos

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la llamada Guerra contra el terrorismo se apoyó en televisión e Internet para fijar marcos como el «choque de civilizaciones» y obtener respaldo popular a la invasión de Irak en 2003, con la narrativa de las armas de destrucción masiva y vínculos con Al Qaeda. En 2006, se popularizó en el discurso oficial la expresión «fascismo islámico» para referirse a amenazas provenientes de Oriente Medio.

En 2022, con la invasión rusa de Ucrania, se bloquearon RT y Sputnik en varios países occidentales, mientras en Rusia se restringió el acceso a redes sociales como Facebook, Instagram, TikTok o Twitter para contener la circulación de mensajes de Occidente. La pugna propagandística se volvió bidireccional y multiplataforma.

Rasgos, funcionamiento y objetivos

La propaganda no pretende equilibrar argumentos, sino mover emociones e inclinar decisiones. Suele ser monológica (un emisor que no busca diálogo) y se apoya en repertorios informativos que pueden incluir hechos ciertos, medias verdades, rumores u omisiones selectivas, amplificados por la repetición en múltiples medios.

Aunque se asocia sobre todo a la política, también aparece en ámbitos comerciales, sociales, culturales o religiosos. Su esfera ideal es la comunicación de masas, pero hoy convive con microsegmentaciones digitales y estrategias de influencia que van desde el meme al documental breve.

Propaganda y periodismo, propaganda y educación

El discurso periodístico aspira a explicar y contextualizar, mientras que la propaganda tiende a simplificar para que el mensaje se recuerde y se comparta sin fricción. Donde la educación plantea múltiples enfoques para formar criterio, la propaganda se cierra en un punto de vista, a menudo dogmático.

Legalidad y tipologías: blanca, gris y negra

Según la transparencia del emisor y del mensaje, se distinguen tres grandes tipos: blanca (emisor identificado y objetivo explícito), gris (emisor no visible pero propósito claro) y negra (emisor y fines ocultos, con suplantación o engaño). Estas categorías ayudan a analizar la legitimidad y los riesgos de cada campaña.

Diferencias con la publicidad

«Propaganda» y «publicidad» se cruzan, pero no son idénticas. La publicidad quiere mover al consumo de bienes o servicios; la propaganda busca instalar o reforzar creencias e identidades, generalmente en el terreno político, social o religioso. Si un ministerio lanza una campaña para ahorrar energía, hablamos de propaganda gubernamental; si una marca presenta su refresco, eso es publicidad.

También difieren en temporalidad: la publicidad suele ser táctica y de impacto rápido, mientras que la propaganda aspira a calar a largo plazo en valores y visiones del mundo. En la práctica, ambas estrategias se solapan cuando las marcas incorporan causas sociales a su relato o cuando la política usa recursos propios del marketing.

Técnicas persuasivas habituales

Las campañas combinan recursos retóricos y psicológicos. Entre los más citados están los siguientes, de uso histórico en política y guerra:

  • Forja de documentos apócrifos (creación o difusión de «pruebas» falsas).
  • Apelación al miedo para provocar reacción y sumisión al mensaje.
  • Uso de testimonios (figuras respetadas o «gente como tú»).
  • Fomento de la mentalidad gregaria o «efecto arrastre».
  • Redefinición de términos y conceptos para cambiar el marco interpretativo.
  • Siembra de desaprobación hacia el rival o sus propuestas.
  • Explotación de estereotipos y generalizaciones.
  • Omisión deliberada o imprecisiones calculadas.
  • Proyección (atribuir al otro defectos propios).
  • Simplificación burda de problemas complejos.
  • Uso intensivo de eslóganes fáciles de recordar.
  • Búsqueda de un chivo expiatorio para canalizar la frustración.
  • Trueques semánticos (cambiar etiquetas para legitimar acciones).

El educador Clyde R. Miller sistematizó varios «trucos» frecuentes en propaganda política, que aún hoy se observan con frecuencia:

  • Insultar o difamar al adversario.
  • Explotar tópicos y lugares comunes.
  • Transfer: asociar ideas o símbolos con fuerte carga emocional.
  • Apelar a la autoridad y el prestigio (expertos, celebridades, instituciones).
  • Adoptar una modestia estratégica para generar empatía.
  • Usar la mentira, la falsedad o la calumnia como arma de desgaste.
  • Invocar el «todo el mundo lo hace» para normalizar conductas.

Psicología social, sesgos y «propaganda oscura»

La propaganda bebe de la psicología social y los sesgos cognitivos (heurísticos, prejuicios, percepción selectiva). Se ha discutido sobre la «seducción subliminal» y otras formas de influencia sutil en publicidad y política, así como sobre el papel del lenguaje en la fabricación de consentimiento.

Jean‑Léon Beauvois acuñó el concepto de propaganda oscura para procesos de influencia casi invisibles que moldean aprioris positivos o negativos: la sonrisa afable de un presentador al tratar ciertos temas, la ausencia de héroes vinculados a ideologías revolucionarias en superproducciones, o la financiación/apoyo del Pentágono a proyectos cinematográficos con fuerte contenido patriótico. Éric Hazan, por su parte, analizó cómo la lengua pública actual transporta valores ideológicos sin declararlo abiertamente.

Medios y cine: del corto documental al blockbuster

El cine fue y es un vector clave. Además de los títulos ya citados, Hollywood produjo antes de 1941 filmes que alertaban del nazismo (por ejemplo, obras de Chaplin, Hitchcock o Fritz Lang). En Estados Unidos, el Signal Corps impulsó cortos formativos, y el general George Marshall encargó a Frank Capra la serie Why We Fight, que motivó a soldados y ciudadanía y se convirtió en referencia de la propaganda democrática.

Un apunte español: durante el franquismo, TVE fue el gran altavoz del régimen. La televisión arrancó oficialmente en 1956 y pronto se integró en la coreografía simbólica del poder (inauguraciones en fechas cargadas de significado, como el «XXV Años de Paz»). Franco subrayó en un discurso la función de la televisión como cadena de unión y vehículo de la «verdad» oficial, con menciones a las islas Canarias y a la cohesión nacional.

Casos españoles posteriores y controversias mediáticas

En contrapeso a la propaganda oficial, Radio España Independiente (impulsada por Dolores Ibárruri «La Pasionaria») emitió entre 1941 y 1977, primero desde Moscú y luego desde Bucarest, para difundir mensajes opositores al régimen. Ya en democracia, en 2003 RTVE y Alfredo Urdaci aludieron a Comisiones Obreras como «ce ce o o» en informativos, lo que fue interpretado como burla y detonó nuevas acciones legales del sindicato.

En 2015, el Financial Times acusó al gobierno de Mariano Rajoy de sesgos en la cobertura de TVE en periodo preelectoral, señalando menor atención a casos que afectaban al Partido Popular y un trato considerado hostil hacia Podemos. Más allá de la polémica, sirve para recordar que la disputa por el relato sigue muy viva en democracia.

Ejemplos claros de propaganda

  • El cartel de reclutamiento «I want you for U.S. Army», con el Tío Sam apuntando al espectador, icono de la propaganda de guerra estadounidense.
  • Campañas municipales como «Con tu ayuda podemos reducir el uso de bolsas plásticas», que buscan modificar hábitos de consumo por razones ecológicas.
  • Mensajes electorales de tono movilizador como «¡Vamos!» en campañas españolas recientes, orientados a activar simpatizantes.
  • Iniciativas institucionales del tipo «Alto a la violencia contra la mujer», que apelan a la conciencia social y a cambios de conducta.
  • Murales simbólicos en la zona desmilitarizada coreana que promueven la reunificación, usando iconografía infantil y mensajes de unidad.
  • Propaganda antisufragista de principios del siglo XX («Quiero votar, mi mujer no me deja») que ridiculizaba las demandas de derechos de las mujeres.

Temas relacionados y marcos analíticos

Para comprender mejor el fenómeno conviene cruzarlo con nociones como alienación, consenso manufacturado, control social, demagogia o con listados de sesgos cognitivos que explican nuestra vulnerabilidad a la manipulación. También se conecta con la campaña política, la escenificación del poder, el cartelismo y debates sobre la publicidad. Entre los clásicos, destacan síntesis como los «diez mandamientos de la propaganda de guerra».

Autores y obras de referencia

Quien quiera profundizar puede acudir a autores clave. Edward Bernays sistematizó el oficio en obras como Crystallizing Public Opinion y Propaganda; Jean‑Léon Beauvois analizó la sumisión y la «propaganda oscura»; Toby Clark estudió la relación entre arte y propaganda en el siglo XX; Éric Hazan retrató la propaganda cotidiana a través del lenguaje; Teun A. van Dijk exploró la manipulación discursiva; y diversos manuales de publicidad y comunicación política ayudan a distinguir tácticas comerciales y persuasión ideológica. También son útiles trabajos sobre periodismo partidista y sobre la propaganda en la guerra civil española.

Entre la ética y la eficacia

La propaganda puede informar y educar, pero cuando se usa sin escrúpulos se parece a la desinformación y la censura: manipula, oculta contexto y explota vulnerabilidades cognitivas. De ahí la importancia de la transparencia del emisor, la verificación de datos y el pluralismo mediático. En sociedades democráticas, la línea entre convencer y manipular puede ser fina; por eso conviene desarrollar pensamiento crítico y reconocer las señales de alerta.

Mirada en conjunto, la propaganda es un dispositivo versátil que viaja de los edictos en piedra a los virales en redes: se nutre de emociones, simplifica la realidad y se sirve de técnicas —del eslogan al miedo, del «transfer» a los estereotipos— para moldear actitudes; entender su historia (de Ashoka a la Propaganda Fide, de la Gran Guerra a la Guerra Fría y a los conflictos actuales), sus tipologías (blanca, gris y negra) y su diferencia con la publicidad permite detectar cuándo nos quieren convencer y con qué herramientas, y así tomar decisiones con más contexto y menos ingenuidad.

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